De narcisos, vanidades y likes
El ego está ahí, es
inevitable; hay que trabajar en nosotros para no ser narcisos modernos.
El ego es una especie de
caparazón; a veces nos escondemos en él para no enfrentar la verdad. Tan
satanizado, hasta llegar a ser una especie de tabú. Claro, es una posición
contraria a la humildad, porque en sí misma nubla la realidad. Lo cierto es que
el ego es una actitud muy humana y tan vieja como la mitología griega. Esta nos
presentaba a Narciso, un joven de belleza inigualable que, al inclinarse para
beber de un manantial, quedó atrapado en su propio reflejo en el agua. Fue
incapaz de dejar de admirar esa imagen, que no era más que una proyección de sí
mismo. Narciso ignora el mundo, deja de comer, de beber y termina consumido en
sí mismo.
Es tan humano y tan antiguo
que está plasmado en el libro de Eclesiastés, ya lo he mencionado en este
espacio: “vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo
es vanidad”. Usar el superlativo (vanidad de vanidades) es la forma hebrea de
absolutizar una realidad. Es la advertencia de que todo lo que perseguimos —el
éxito, la fama, la inteligencia percibida— es un vapor, un aliento que se
disipa. Es una invitación a darnos cuenta lo pequeños que somos, que pasamos y
pasaremos desapercibidos por este mundo.
Ya en pleno siglo XX se
siguió escribiendo al respecto. El mismísimo Sigmund Freud definió el ego (el
yo) como ese mediador que intenta equilibrar nuestros impulsos más básicos con
las exigencias de la realidad. De acuerdo con lo dicho por Jean Twenge, psicóloga
de nuestros tiempos, nosotros, los millennials y la generación Z, somos mucho
más narcisistas y egoístas que otras generaciones. ¿Por qué será? Será porque
el manantial lo llevamos pegado 24/7 en forma de celular en nuestra bolsa.
Podemos señalar culpables;
vaya, siempre es satisfactorio: aumenta nuestro ego y nos evade de la realidad.
Además, hacen más interesante esta colaboración…flores a mi ego pues
El primero podrían ser las
“benditas” redes sociales. La carrera por el like nos tiene vueltos locos. Lo
inmediato —que es tan inmediato en esta época— hace insaciable la sed de
reconocimiento. Después está el vacío y el síndrome de abstinencia de querer
más aprobación de ese público digital. Quizá, solo quizá, a veces nos olvidamos
de los que tenemos a un lado, que en teoría son a quienes más queremos. O peor
aún, a hacer como si hiciéramos, a parecer ser como si fuéramos o tener como si
tuviéramos.
Todos los que hemos estado
en el servicio público y aspirado a algún puesto de elección popular pudimos
haber caído en este exceso del ego que puede revelarse como narcisismo. Vaya,
estamos expuestos a ello, pero no es excusa. A veces ese espejo de agua son
nuestros colaboradores, “amigos”, periodistas y familiares. Nos llegamos a
encerrar y ensimismar en lo que nos dicen. Llegamos a vivir en una realidad muy
alterada, a creer nuestras propias mentiras y a cimentar el ego con ellas.
¡Terrible! Un verdadero círculo vicioso.
Los que escribimos —o
presumimos que lo hacemos, o simplemente lo intentamos— debemos preguntarnos el
“para qué”. Que el objetivo no sea recibir el elogio de un tercero, sea
desconocido, muy amigo o medio familiar. Se vale ser reconocido, pero a veces
hay que retomar la recta intención del escritor, que en todos los casos debe
ser compartir ideas, información, pensamientos y así hacer comunidad.
Reconocer el ego, porque
ahí está, existe y no podemos negarlo ni escondernos de él, es parte de
nosotros. Debe ser el punto de partida para trabajar en nuestra propia piedra
bruta, ese esfuerzo constante por quitar las aristas del orgullo, para que nuestra
vida siga desarrollando esas virtudes de las que hemos platicado y que son tan
necesarias para construir una mejor comunidad, creando verdaderos círculos
virtuosos.
Apunte
al aire
Aunque siempre ha sido al
aire y esto es política, el apunte de esta semana no irá dirigido a aquellos
políticos cuyo ego los ha convertido en narcisos modernos. ¿Para qué
advertirlos de su mal? No hay que distraerlos en la contemplación de sí mismos.
La distorsión de la realidad puede ser tal que algún día no sepan ni quiénes
son en realidad.
Será indispensable para
quienes hoy aspiran a un puesto de elección popular en Morena o en cualquier
otro partido que tengan claro que el éxito no será de un hombre, sino de un
proyecto, de un equipo. Y aunque el ego es esa sombra que nos acompaña a todos
lados, debe ejercitarse la humildad, esa que quita los filtros —como de
Instagram— que el ego pone a la realidad.

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