102.- Asentamientos indígenas

Los asentamientos indígenas prehis

pánicos prefiguran de manera directa la estructura territorial, social y cultural actual del Municipio de Puebla. Mucho antes de la fundación española de 1531, el valle de Cuetlaxcoapan (“lugar donde las serpientes cambian de piel”) estaba dominado por dos grandes señoríos: Chollolan (Cholula) y Totimehuacán. Estos centros políticos y religiosos controlaban una red de pueblos tributarios que vigilaban fronteras estratégicas, especialmente con Tlaxcala, y proveían recursos agrícolas, mano de obra y guerreros. 

Sus organizaciones comunales, basadas en calpulli (unidades territoriales y sociales), sistemas de tributos, agricultura intensiva y rituales religiosos, sentaron las bases de la ocupación humana que hoy persiste en las 17 juntas auxiliares del municipio.
Al Señorío milenario de Chollolan pertenecían varios pueblos que hoy conforman juntas auxiliares: Citlaltépec (actual Ignacio Romero Vargas, antes Pueblo Nuevo), Hueyotlipan (San Felipe Hueyotlipan), Xochimehuacán (San Pablo Xochimehuacán), Tlaxicuic (San Sebastián de Aparicio), Tepetitla (La Resurrección), Xonacatepec (Santa María Xonacatepec), Canoas del Monte (San Miguel Canoa) y Caleras (San Jerónimo Caleras o San Jerónimo Doctor). Estos asentamientos, de origen principalmente náhuatl con influencias mixtecas y popolocas, rendían tributo a Cholula y cumplían funciones defensivas en la frontera oriente con Tlaxcala. Se dedicaban a la agricultura de maíz, frijol, chile, maguey y calabaza, utilizando técnicas como la chinampa y el huictli (instrumento de labranza), además de practicar comercio y rituales asociados a deidades como Quetzalcóatl, cuya influencia era fuerte en la región.
Por su parte, el Señorío de Totimehuacán, con raíces que se remontan al periodo Preclásico y consolidado por grupos como los olmeca-xicalanca y posteriormente tolteca-chichimeca, controlaba pueblos como Chautla (Santo Tomás Chautla), Zacachimalpa (San Pedro Zacachimalpa), Tetela (San Baltazar Tetela), Tecola (Santa María Guadalupe Tecola) y Azumiatla (San Andrés Azumiatla). Totimehuacán (“lugar de los pájaros” o “donde abundan los totomihuacas”) funcionaba como un centro importante con capital en las faldas del cerro El Chiquihuite. Estos pueblos mantenían autonomía relativa pero tributaban y participaban en alianzas regionales, especialmente en momentos de amenaza externa, como la expansión mexica en 1486.
Un caso particular es San Baltazar Campeche, donde se asentaron tlaxcaltecas invitados para apoyar la construcción colonial. Los tlaxcaltecas se instalaron en la “Colina de Xilotzingo” (lugar de jilotes o maíz tierno), colindante con el río Almoloya, tras obtener permiso de las autoridades de Totimehuacán. Este asentamiento mixto fortaleció la mano de obra para la nueva ciudad y generó un sincretismo cultural temprano. Otras juntas como Ignacio Zaragoza y La Libertad son de origen más reciente (siglo XX), pero se integraron en territorios con fuerte presencia indígena previa.
Estos grupos indígenas mantenían usos y costumbres ancestrales: organización comunal con autoridades electas o hereditarias, sistemas de cargos cívico-religiosos, propiedad colectiva de la tierra (ejidos y fundos legales), medicina tradicional, danzas, gastronomía basada en maíz y maguey, y una cosmovisión que integraba el respeto al entorno natural (cerros, ríos y barrancas como elementos sagrados). La conquista y fundación de Puebla en 1531 no los eliminó, sino que los transformó mediante reducciones y repúblicas de indios. Los franciscanos y dominicos evangelizaron estas comunidades, otorgando santos patronos (San Francisco a Totimehuacán, San Nicolás a Tepetitla, etc.), pero permitieron la continuidad de muchas prácticas. La mano de obra indígena fue fundamental para edificar conventos, iglesias y la traza urbana de Puebla, generando un sincretismo visible en fiestas patronales, artesanías (talavera con motivos indígenas), lengua náhuatl residual y formas de gobernanza local.
La integración colonial creó una dualidad: la “república de españoles” en el centro y barrios indígenas periféricos. Muchos de estos pueblos conservaron sus tierras y cierta autonomía administrativa, aunque subordinados al cabildo de Puebla. Durante la Colonia y el siglo XIX, resistieron presiones de despojo y contribuyeron a batallas como la del 5 de Mayo de 1862. La Revolución Mexicana trajo reformas agrarias que reconocieron parcialmente sus derechos territoriales.
Un hito decisivo ocurrió en 1962 con el decreto del Congreso del Estado, que suprimió municipios como San Jerónimo Caleras, San Felipe Hueyotlipan, San Miguel Canoa, La Resurrección y San Francisco Totimehuacán, incorporándolos al Municipio de Puebla como juntas auxiliares. Esta anexión expandió drásticamente el territorio municipal (hoy 544.65 km²) pero generó tensiones por la pérdida de autonomía municipal plena y la centralización de recursos. Hoy, estas 17 juntas (15 de origen prehispánico más dos del siglo XX) representan más del 80% de la población municipal en periferias, con más de 1.5 millones de habitantes en 2026.
En la actualidad, estas comunidades preservan su identidad pese a la fuerte urbanización. Muchas mantienen náhuatl como lengua materna o de uso ritual, fiestas tradicionales (Carnaval en algunos pueblos, Semana Santa con danzas), artesanías, producción agrícola semi-comercial y sistemas de cargos en sus ayuntamientos auxiliares (presidente, regidores y síndico electos por plebiscito). Contribuyen significativamente a la economía municipal mediante agricultura, comercio local, artesanías y mano de obra para la industria automotriz y servicios. Su resiliencia social fortalece el multiculturalismo poblano y aporta a la sostenibilidad ambiental en áreas como barrancas y faldas del Volcán Malintzin.
Sin embargo, enfrentan desafíos estructurales: rezago en servicios básicos (agua potable, drenaje, pavimentación, salud y educación), alta pobreza multidimensional (superior al promedio municipal), presión urbana que fragmenta territorios comunales, contaminación ambiental y migración que afecta la preservación lingüística y cultural. La participación en decisiones municipales sigue limitada, pese a mecanismos de consulta en la Ley de Derechos de Pueblos Indígenas del Estado de Puebla. Exigen mayor reconocimiento constitucional, presupuestos directos y políticas interculturales para evitar marginalización.
El legado de estos asentamientos indígenas enriquece la identidad del Municipio de Puebla. Su sincretismo cultural se manifiesta en el patrimonio UNESCO, la gastronomía (mole poblano con influencias indígenas), tradiciones y resiliencia comunitaria. Económicamente, proveen mano de obra y diversifican la producción; socialmente, promueven cohesión y equidad; políticamente, demandan una gobernanza más inclusiva que equilibre centralización con autonomía local. En 2026, bajo administraciones que priorizan desarrollo sostenible, su inclusión plena resulta clave para un municipio equitativo. Reconocer y fortalecer estos pueblos originarios no solo honra la historia milenaria del valle, sino que construye un futuro donde tradición y modernidad se potencien mutuamente, evitando que la periferia siga siendo sinónimo de exclusión. Su presencia activa transforma al Municipio de Puebla en un ejemplo vivo de la pluriculturalidad mexicana.