Astucia o
mera coincidencia
Las
hermanas Ortiz y el ajedrez político de Puebla
Rodolfo
Herrera Charolet
En la política mexicana,
donde las alianzas familiares suelen ser más duraderas que las ideológicas,
surge una historia que invita a la reflexión estratégica. Tres hermanas
—Liliana, Denisse y Esther (Teté) Ortiz— ocupan simultáneamente cargos de
elección popular en un momento definitorio para Puebla y para el país.
¿Es pura coincidencia
biológica o una operación familiar calculada con precisión quirúrgica?
Como escritor y analista que
ha visto campañas ganadoras y colapsos inevitables, inclino la balanza hacia la
astucia. Pero una astucia que, como toda jugada maestra, lleva riesgos
inherentes.
Liliana Ortiz Pérez,
esposa del alcalde Eduardo Rivera Pérez, encarna el arquetipo de la
consolidación familiar en el Partido Acción Nacional (PAN). Con más de 25 años
de militancia panista, dirigió el DIF municipal en los dos trienios de su
esposo (2011-2014 y 2021-2023). No es un cargo menor: el DIF es la vitrina
social por excelencia, donde se tocan temas sensibles como infancia, familias y
vulnerabilidad. Desde allí, Liliana construyó una imagen de mujer cercana,
ejecutiva y “valiosa”, justo cuando Eduardo Rivera apuntaba a la gubernatura.
Sabía —o sus operadores
sabían— que las encuestas no pintaban bien para la capital poblana en ese
ciclo. La solución: una diputación federal plurinominal. Un asiento seguro,
visibilidad nacional y proyección sin el desgaste de una campaña territorial
dura.
Ahora, en la antesala de
la nominación a la presidencia municipal de Puebla, Liliana no llega como
novata. Conoce la ciudad desde el servicio social, maneja redes clientelares
consolidadas y, crucialmente, los recursos y estructura que su esposo consolidó
durante sus administraciones.
Es un movimiento clásico
de sucesión conyugal: el político entrega la estafeta a la figura más cercana,
preservando el control del territorio. En términos estratégicos, es eficiente.
Reduce riesgos de outsiders y mantiene la marca familiar. Pero también genera
vulnerabilidad: los electores perciben dinastía, no renovación. En una ciudad
como Puebla, donde la alternancia ha sido dura, eso puede convertirse en
combustible y cerillos para la oposición.
La segunda hermana,
Denisse Ortiz Pérez, representa el camino de la reinvención radical. Exdiputada
local por el PAN, abandonó el albiazul para sumarse al barbosismo y,
posteriormente, al PT. Como suplente de Yeidckol Polevnsky, ya ha ocupado la
senaduría y votó en contra de iniciativas clave impulsadas por la presidenta
Claudia Sheinbaum, alineada con la estrategia del Partido del Trabajo (Que la
marcará para ser vetada). Su trayectoria muestra pragmatismo puro: cuando el
PAN dejó de ofrecerle techo suficiente, encontró uno nuevo en la órbita
morenista. No es traición en el sentido moral —la política no es un convento—,
sino cálculo. Denisse, que no es monja, entendió que el poder real en este
ciclo estaba en otro lado y actuó en consecuencia.
Sin embargo, su futuro
inmediato parece más acotado. No será candidata en el próximo proceso
relevante, ni siquiera renunciando al PT. Su rol como “bombero” senatorial
—ocupando la curul cuando la propietaria viaja— la mantiene visible pero sin
base territorial propia fuerte.
Es la hermana que eligió
la ideología del momento sobre la estructura orgánica. En campañas, esto suele
traducirse en volatilidad: hoy eres útil, mañana prescindible. Denisse ilustra
un principio básico que cualquier consultor repite: cambia de partido si debes,
pero nunca pierdas tu propio capital político.
La menos cuestionada y,
desde mi perspectiva estratégica, la de mayor techo a mediano plazo es Esther
“Teté” Ortiz Pérez. Regidora en el Ayuntamiento de Puebla por Movimiento
Ciudadano, opera con bajo perfil y enfoque en temas concretos como protección a
la niñez.
MC, bajo el liderazgo de
figuras como Dante Delgado y con gobernadores como Alfaro o con la herencia que
beneficia al Senador Colosio, apunta a consolidarse como tercera vía auténtica.
Superar el umbral electoral, construir plataforma propia y evitar los
escándalos de los grandes partidos le da oxígeno. Teté navega en ese espacio:
menos ruido, más construcción. Educadora y empresaria, su perfil combina
experiencia técnica con independencia relativa.
Aquí radica la diferencia
clave. Mientras Liliana apuesta por la consolidación panista familiar y Denisse
por el salto y oportunismo ideológico, Teté construye desde un partido en
ascenso que valora perfiles frescos. En términos de proyección, MC ofrece mejor
retorno de inversión político en este momento: menor saturación de cuadros y
narrativa de renovación creíble.
Las tres hermanas
comparten timing histórico. En un sexenio donde la polarización nacional obliga
a definir lealtades, ellas ocupan trincheras distintas: PAN, PT y MC. Eso no es
coincidencia. Sugiere, en el mejor de los casos, una diversificación familiar
de riesgos —una estrategia clásica en familias políticas mexicanas, desde los
Hank hasta los Moreira—. En el peor, mera oportunidad aprovechada
individualmente sin coordinación. Pero la simultaneidad de sus cargos invita a
ver una mano de titiritero, aunque sea informal.
Desde una lente
estratégica, este fenómeno revela dinámicas más profundas de la política
poblana.
Primero, el rol de las
mujeres como relevos naturales cuando los hombres topan techo. Liliana no sería
diputada ni aspirante a alcaldesa sin el camino abierto por Eduardo. Segundo,
la fluidez ideológica: el PAN pierde cuadros experimentados que encuentran
acomodo en Morena o PT sin mayor costo reputacional. Tercero, el valor de los
cargos “suaves” como DIF o regidurías temáticas para construir narrativa de
servicio. Cuarto, la importancia del territorio: Puebla sigue siendo un estado
donde el capital social local pesa más que las etiquetas nacionales.
Sin embargo, los riesgos
son evidentes. La percepción de dinastía puede activar rechazo ciudadano. La
fragmentación familiar en partidos distintos genera confusión de marca y
posibles conflictos de interés futuros. Y, sobre todo, ninguna de las tres ha demostrado
todavía capacidad para ganar desde cero una elección mayoritaria complicada.
Liliana hereda
estructura, Denisse sobrevive en suplencias, Teté construye, pero desde
oposición minoritaria.
La verdadera prueba
vendrá en los próximos ciclos.
¿Podrá Liliana convertir
el DIF y la diputación en victoria municipal?
¿Encontrará Denisse un
rol protagónico más allá de ser suplente leal?
¿Escalará Teté en MC
hacia posiciones de mayor visibilidad?
La respuesta definirá si esto fue astucia
genial o mera coincidencia afortunada.
En política, como en
ajedrez, las piezas familiares son poderosas porque se protegen mutuamente.
Pero también pueden bloquearse. Las hermanas Ortiz tienen hoy presencia
simultánea en el tablero poblano. Eso es hecho. La pregunta estratégica es si
sabrán convertir esa presencia en dominio real o si se quedarán como tres
piezas aisladas en un juego que premia la coordinación y la visión de largo
plazo.
Puebla, y México,
observan. Porque en última instancia, el electorado no vota por apellidos ni
por coincidencias. Vota por resultados, narrativa y percepción de autenticidad.
Las tres hermanas están
en el momento definitorio. La astucia las trajo hasta aquí. Solo la ejecución
inteligente las mantendrá relevantes.
¿O no lo
cree usted?


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