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El origen de La Mancha

 El origen de La Mancha


El 25 de enero de 1976, en algún lugar donde la luz se vuelve delgada como papel de arroz, nació el espíritu de La Mancha. No llegó con estruendo ni con fanfarria. Llegó como llega la primera nieve: silencioso, inevitable, cubriendo el mundo sin alterar su forma.
Su voz era tinta negra y fluida, capaz de dibujar la justicia donde antes solo había sombras. En su sombrero descansaba una flecha, no para herir, sino como recuerdo de que el valor verdadero apunta siempre hacia adelante, aunque el viento lo incline. La estrella de cinco puntas brillaba sobre su pecho, no como adorno, sino como promesa serena de que la justicia, cuando es auténtica, no necesita gritar.
Vestía una capa ligera de héroe, no para protegerse del frío, sino para combatir la corrupción que pudre las almas como humedad invisible. Usaba guantes blancos porque cabalgaba sobre un viejo jamelgo de patas temblorosas y mirada antigua, un compañero cansado que conocía el peso de los caminos largos. El paliacate rojo atado al cuello era su único fuego: símbolo del amor obstinado por la vida y de la lucha que se renueva cada mañana, aunque el mundo parezca igual.
Así, entre la realidad y el sueño, La Mancha avanzaba. Porque los sueños, las esperanzas y los deseos más profundos del hombre no mueren en la carne. Se escapan por la punta de la pluma y se convierten en tinta. Y la tinta, como los ríos de un poeta nostálgico, fluye sin prisa hacia el mar eterno de los libros.
Allí, entre páginas que amarillean con lentitud, vive su vida sin fin. O su sepulcro. Porque en la literatura, vida y muerte se miran a los ojos sin miedo, como dos viejos amigos que ya no necesitan explicarse nada.
Y así, desde hace cincuenta años, La Mancha sigue cabalgando. No para salvar el mundo de un golpe, sino para recordarnos, con cada línea, que la belleza más honda reside en la resistencia callada, en el gesto inútil y hermoso de seguir creyendo que la justicia aún puede escribirse con mano firme sobre el papel.

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