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La Flor de Puebla, pan de recuerdos

 La Flor de Puebla, pan de recuerdos


En el corazón antiguo de Puebla, donde el tiempo parece detenerse bajo los portales de mosaicos gastados, La Flor de Puebla sigue exhalando el mismo aroma de siempre: una mezcla de vainilla caliente, anís recién molido y ese dulce secreto que solo los hornos centenarios saben guardar. Allí, en la 3 Oriente Sur 104, a unas cuadras del Zócalo que ha visto nacer y morir tantas mañanas, se alza una de las panificadoras más antiguas de la ciudad, aquella donde dicen —y la leyenda se repite como un rosario— que se instaló el primer horno automático construido en México.Las charolas de metal relucen bajo la luz tímida de la mañana. Los clientes entran con la certeza de quien cumple un rito: toman las pinzas como quien empuña un cetro, eligen conchas que parecen conchas verdaderas del mar, cocoles de anís perfumados, nubes suaves, limones dorados, pan español y esas teleras crujientes que acompañaron generaciones enteras. Antes de las diez ya han desaparecido las conchas de limón, cereza y café, como si el destino mismo se las llevara para no dejar rastro.Yolanda, que fue costurera hace más de cuarenta años, recuerda cómo pasaba por aquí antes de las asambleas sindicales. Compraba conchas de vainilla o chocolate y las mordía mientras los líderes hablaban de marchas, de derechos y de un futuro que siempre parecía llegar mañana. Después, cuando tuvo marido e hijos, regresaba del centro con bolsas tibias que olían a hogar. Ahora entra menos, pero cuando lo hace, el apetito la traiciona como un viejo amigo: toma la charola, elige, paga y se lleva también gelatinas y cremitas para la merienda.Por las noches, cerca de las siete, ya no quedan conchas. Entonces uno se resigna a una rebanada de pastel y observa el letrero de mosaicos iluminado por una lámpara blanca, testigo mudo del paso del tiempo. Porque La Flor de Puebla no es solo una panadería: es un pedazo de memoria colectiva, un lugar donde el pan se hornea con la misma paciencia con que se tejen los recuerdos en esta ciudad que todo lo guarda.Y mientras el horno automático, aquel pionero silencioso, sigue cumpliendo su destino de fuego y harina, los poblanos continúan entrando y saliendo, como si supieran, en el fondo del alma, que mientras exista La Flor de Puebla, algo de la Puebla de antaño seguirá vivo, tibio y dulce, entre las manos de quien sepa elegir con pinzas y nostalgia.

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