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La responsabilidad que nadie quiere asumir

 

La responsabilidad que nadie quiere asumir




Diputada poblana enfrenta el negocio mortal de los ‘carniceros’ plásticos

Rodolfo Herrera Charolet

En México seguimos lamentando casos trágicos de mujeres que pierden la vida tras someterse a cirugías plásticas en manos de personas no calificadas. El caso de Blanca, una mujer de 37 años en Puebla, es uno de los más recientes y dolorosos. La mujer tras realizarse una liposucción en una clínica llamada Detox, fue sacada moribunda o posiblemente muerta del lugar. Posteriormente se encontró su cadáver y abandonado en un canal de aguas en el Estado de Tlaxcala.

Historias como esta, similares a la de Yalixa en Colombia, nos obligan a reflexionar con honestidad, sensibilidad y sin sensacionalismos.

La diputada poblana Nay Salvatori, al pronunciarse sobre estos hechos en sus redes sociales, ha sido acusada por algunos medios de “revictimizar” a las afectadas. Sin embargo, una lectura serena de su mensaje muestra un llamado franco y responsable, centrado en la prevención y en la importancia de la responsabilidad compartida.

Salvatori enfatiza un punto esencial: la vida no admite descuentos. Puedes ahorrar en ropa, en un corte de cabello o en maquillaje, pero no cuando se trata de tu salud y tu integridad física. Quien decide operarse debe elegir al mejor profesional disponible, con la preparación, título y certificación necesarios. No se trata solo de mejorar la apariencia o buscar autoestima, sino de entender que cualquier cirugía, especialmente una liposucción, conlleva riesgos reales: pérdida de sangre, posible perforación de órganos vitales y complicaciones que pueden resultar mortales si no son atendidas por un equipo calificado.

La diputada reconoce el trabajo de las autoridades en Puebla: revisiones periódicas a clínicas, prohibición de que médicos sin especialidad en cirugía plástica realicen estos procedimientos, castigo a la publicidad engañosa y la prohibición de las “botox party” en salones de belleza.

El gobierno, señala, está cumpliendo con su parte al legislar y vigilar. Pero insiste en que la responsabilidad no recae únicamente en el Estado, sino también en cada persona que decide someterse a una intervención.

Este es el núcleo de su mensaje: gobierno y ciudadanos deben actuar en conjunto. Se pueden aprobar todas las leyes necesarias, pero si las personas no investigan si la clínica es legal, si el médico cuenta con cédula profesional y especialidad, o si el lugar tiene equipo adecuado para emergencias, seguirán ocurriendo tragedias evitables.

“Ninguna cirugía es cosa de nada”, recuerda Salvatori. Una liposucción no es un procedimiento menor, y hacerla con anestesia local para ahorrar costos suele ser una señal de alerta.

Lejos de revictimizar, su intervención busca evitar nuevas víctimas. Llama a las mujeres a ser más exigentes con su propia salud y a valorar su vida por encima de cualquier vanidad. No culpa a las afectadas, sino que invita a una reflexión colectiva: ¿vale la pena arriesgar la vida por un procedimiento realizado por “carniceros” en lugares clandestinos?

Es comprensible que, ante el inmenso dolor de una familia que pierde a una madre o hija de esta manera, cualquier comentario pueda sonar duro. Sin embargo, calificar de revictimización el llamado a la prudencia y a la responsabilidad personal resulta desproporcionado.

La diputada no minimiza el sufrimiento ni justifica la mala praxis. Al contrario, exige que se castigue con severidad a quienes suplantan una profesión que requiere años de formación universitaria y ponen en riesgo la vida de otros por lucro.

Este tipo de casos nos enfrentan a una verdad incómoda: ni el gobierno puede vigilar cada decisión individual. La mejor protección combina leyes estrictas, inspecciones rigurosas y, sobre todo, una ciudadanía consciente que no ponga su vida en manos de improvisados.

Nay Salvatori cierra su mensaje con una frase directa y humana: “ya no más Yalixas y ya no más Blancas”. Más que un ataque, es un llamado urgente a cuidar mejor nuestra salud y a exigir estándares mínimos cuando se trata de algo tan delicado como la vida.

En temas tan sensibles, el periodismo debe informar con precisión y evitar distorsionar voces que, aunque incómodas, buscan prevenir futuras tragedias. La verdadera solidaridad con las víctimas consiste tanto en exigir justicia contra los responsables médicos como en ayudar a que otras mujeres no repitan los mismos errores.

Proteger la vida requiere justicia y responsabilidad. Ambas son indispensables.

¿O no lo cree usted?

 

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