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¿Niña o Niño?

 

¿Niña o Niño?


Posturas polarizadas se rasgan vestiduras sin aportar solución

Rodolfo Herrera Charolet

Con apenas 14 años, Néstor N., alias “El Chapito”, ya era señalado como responsable de ocho homicidios y siete heridos en una sola noche en Nezahualcóyotl. Casos como el de Derek Yair N. (“El Niño Sicario”) en Tabasco o el histórico “El Ponchis” nos recuerdan una realidad incómoda: algunos adolescentes cometen delitos de extrema gravedad mucho antes de alcanzar la mayoría de edad.

Nuestro sistema jurídico parte de una premisa ampliamente aceptada: los menores de 18 años aún se encuentran en proceso de maduración neurológica y emocional. Por eso no pueden votar, firmar ciertos contratos, consumir alcohol ni ser juzgados como adultos, incluso en delitos graves. El Estado los protege porque reconoce que su capacidad para comprender plenamente las consecuencias de sus actos todavía está en formación.

Esta misma lógica genera una pregunta central:

¿Cómo se equilibra el principio de madurez en formación con el reconocimiento progresivo de la autonomía en materia de identidad?

Recientemente, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, al resolver la Acción de Inconstitucionalidad 73/2025, determinó que no se puede exigir la mayoría de edad como barrera absoluta para rectificar el acta de nacimiento por identidad de género. Ordenó crear procedimientos administrativos que respeten la autonomía progresiva y el interés superior del menor.

Esta discusión dejó de ser abstracta para mí el día que conocí a Alex:

—¿Cómo te llamas? —le pregunté con una sonrisa a un alumno de mi esposa.

—¡Alex! —respondió tímidamente, bajando la mirada y ocultando su rostro detrás de su cabello.

Sabía que había nacido niña y que en su acta aparecía como Alejandra, pero él se sentía niño. Con valentía silenciosa, había decidido ser Alex. No se sentía del todo niña ni completamente niño; simplemente quería ser tratado como el niño que sentía ser. Aun así, seguía usando el baño de las niñas, buscando un espacio donde se sintiera más seguro. Sus padres luchaban en los tribunales para actualizar su acta.

Historias como la de Alex muestran el sufrimiento real y la confusión que viven muchos menores con disforia de género. Es un tema que merece empatía y seriedad.

Dos marcadores, una sola realidad

En el debate sobre identidad de género y documentos oficiales, a veces parece que debemos elegir entre ser amables o ser precisos. Como si reconocer la biología fuera descortesía o afirmar la experiencia subjetiva equivaliera a negar la ciencia.

Aquí surge una solución práctica y poco dramática: registrar ambos marcadores en el acta de nacimiento y en documentos oficiales (como la CURP): el sexo biológico registrado al nacer (inmutable salvo error médico) y el género autopercibido (actualizable).

Esta aproximación permitiría:

  • Que el menor reciba el nombre, el trato social y el reconocimiento que desea en su vida cotidiana, escuela y entorno.
  • Que el Estado conserve el dato biológico para fines médicos, estadísticos, deportivos, penitenciarios o cualquier otro asunto en el que el sexo biológico sea relevante.
  • Que la modificación tenga un carácter más flexible y transitorio, sin borrar el registro original.

De esta forma se logra un reconocimiento real y humano para casos como el de Alex, sin sacrificar la precisión de la información que el Estado necesita para proteger la salud y los derechos de todas las personas.

La neurociencia indica que la corteza prefrontal —responsable del control de impulsos y evaluación de consecuencias— continúa madurando hasta los 25-30 años. Estudios más antiguos mostraban altas tasas de desistencia en disforia de género; en cohortes recientes con criterios diagnósticos estrictos, la persistencia tiende a ser mayor. Es razonable actuar con prudencia.

El debate sobre la madurez de los menores no tiene por qué ser polarizante. Registrar ambos marcadores ofrece un camino práctico, respetuoso y con sentido común: proteger el desarrollo integral mientras se reconoce la realidad presente de cada persona. Los documentos oficiales no son un manifiesto ideológico; son herramientas. Y las herramientas funcionan mejor cuando distinguen entre lo que es (la biología) y lo que sentimos (la identidad). A veces las soluciones más humanas son las menos dramáticas.

Hasta que no se comprenda este equilibrio, el debate seguirá dominado por posturas polarizadas: algunos rasgarán vestiduras mientras otros evitan el tema, sin avanzar hacia soluciones concretas ante una realidad que ya no puede ignorarse.

¿O no lo cree usted?

 

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