Rodolfo Herrera Charolet
Resulta admirable constatar que, en medio de la crisis económica que golpea a millones de mexicanos, todavía exista gente tan generosa como para invitar a Alejandro Moreno —conocido como Alito— y a toda su familia al Mundial. Según sus propias palabras, “aún existe gente generosa” que ha decidido cubrir todos los gastos de un viaje de lujo para él y sus seres queridos. Qué detalle tan conmovedor. Uno se pregunta, con sincera curiosidad, quién será ese filántropo anónimo de corazón tan amplio.
¿Un empresario desinteresado?
¿Un amigo de la infancia con fortuna repentina?
¿O simplemente alguien que entiende que, en la política mexicana, las atenciones de este calibre nunca son gratuitas?
Porque si algo hemos aprendido en las últimas décadas es que las invitaciones millonarias a eventos internacionales rara vez responden a la pura bondad humana. Suelen ser inversiones con expectativa de retorno.
Mientras tanto, millones de familias mexicanas luchan por llegar a fin de mes, pagan impuestos que supuestamente financian servicios públicos y ven cómo sus gobernantes disfrutan de privilegios que parecen sacados de otra realidad. La brecha entre el ciudadano común y la clase política se hace más evidente cuando un dirigente asegura, sin sonrojarse, que alguien “muy generoso” le paga unas vacaciones deportivas familiares de alto nivel. La ironía duele. En un país donde el salario mínimo apenas alcanza para lo básico, donde la inflación erosiona el poder adquisitivo y donde el acceso a la salud y la educación sigue siendo un privilegio para pocos, surge esta declaración casi poética sobre la generosidad.
Es como si el político nos pidiera aplaudir su buena suerte en lugar de cuestionar su origen. Resulta especialmente llamativo que estas “generosidades” siempre beneficien a quienes ya tienen acceso al poder y a los recursos públicos. Nunca se escucha de donantes misteriosos que inviten a maestros rurales, enfermeras de hospitales públicos o jóvenes estudiantes de escasos recursos a eventos internacionales. La generosidad, al parecer, tiene direcciones muy específicas.
Lo más preocupante no es el viaje en sí, sino la naturalidad con la que se presenta. Como si fuera normal que un servidor público reciba regalos de semejante magnitud sin que nadie pregunte por posibles conflictos de interés, por influencias indebidas o por la opacidad que rodea estas relaciones. En una democracia sana, estas situaciones deberían generar escrutinio, no sonrisas y emojis de corazón.
Mientras Alito celebra la generosidad de su benefactor desconocido, millones de mexicanos siguen esperando que esa misma generosidad se traduzca en mejores servicios, mayor transparencia y un verdadero compromiso con el bien común. Hasta entonces, seguiremos escuchando estas declaraciones con la mezcla de incredulidad y hartazgo que ya nos es tan familiar.
La generosidad existe, sí. Pero cuando se concentra tan selectivamente en torno al poder, deja de ser un acto noble para convertirse en un síntoma más de un sistema que necesita urgente corrección.
¿O no lo cree usted?


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