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Al diablito lo delató el calor

 

Al diablito lo delató el calor


Existía, pero las autoridades la trataron como paisaje.

Rodolfo Herrera Charolet

Cuando un ciudadano común se cuelga de la red eléctrica sin pagar, se dice que pone un “diablito”. En Puebla el término ya es de uso doméstico: un alambre, un gancho, un medidor intervenido y listo. Tan común se volvió que dejó de escandalizar. El problema empieza cuando el diablito deja de ser casero y se convierte en industria.

Conectar más de mil equipos que echan calor las veinticuatro horas, a la vista de vecinos, policías y autoridades, ya no es picardía de barrio: es una instalación que respira, zumba y calienta. Y el calor, tarde o temprano, delata.

En Tlaola, municipio indígena de la Sierra Norte, con poco más de veinte mil habitantes y mayoría náhuatl, las autoridades federales y estatales aseguraron un predio que primero se anunció con cerca de trescientos aparatos y, al hacer el inventario definitivo el 11 de septiembre, quedó en mil treinta y dos equipos de posible criptominería, más switches, antenas satelitales, transformadores y cableado de potencia.

No eran computadoras de oficina. Eran máquinas especializadas —GPU y equipos tipo ASIC— pensadas para un solo oficio: resolver operaciones matemáticas a gran velocidad a cambio de activos virtuales. Comprar, poseer o comercializar criptomonedas no está prohibido en México. Lo que sí entra al Código Penal es robar el fluido eléctrico que mantiene encendidas esas máquinas y, si se acredita, usar los activos para dar apariencia legal a dinero de origen ilícito.

Una criptomoneda es un activo digital que no emite un banco central. La pregunta, entonces, no es el bitcoin: es por qué tantas máquinas. Cada una consume electricidad y despide calor. Mil treinta y dos, día y noche, no se esconden detrás de una cortina. Huelen a servidor, suenan a ventilador y calientan el predio.

En Tlaola el diablito no era un gancho: era una toma irregular ligada, según la SSP, al sistema hidroeléctrico de Necaxa. El pueblo pobre pagaba —o dejaba de pagar— la luz de una operación que no cabía en la economía local.

Las criptomonedas sirven para intercambiar valor sin intermediario bancario. También sirven, cuando se quiere, para mover recursos con menos rastro que un fajo de billetes. De ahí que la Fiscalía General de la República investigue no solo el robo de energía, sino el destino de lo minado. Minar no es delito; minar con luz hurtada y, acaso, lavar con lo minado, sí puede serlo. La distinción importa. Sin ella todo se vuelve rumor.

El rumor, sin embargo, no nació solo de las máquinas. Semanas antes, el 10 de julio, había sido detenido Ángel Miguel Garrido, hasta entonces director de Seguridad Pública de Tlaola, junto con Evencio Rosas Luna, de Tlapacoya, y Manuel Martínez González, de Jopala. La carpeta ministerial los señala por proteger a un grupo que operaba un laboratorio clandestino de drogas sintéticas en la ruta de Tlaola, en los límites de Jopala y Tlapacoya. Según estimaciones de la SSP, aquel narcolaboratorio generaba ganancias superiores a los dos mil cuatrocientos millones de pesos. Un golpe de esa magnitud no se planta en la sierra como se planta un milpa. Requiere camino, silencio y, según la acusación, mirada a otro lado.

Simón Garrido Morgado, alcalde panista de Tlaola, no está sentenciado. Está bajo la lupa. El titular de la SSP, Francisco Sánchez González, lo dijo sin rodeos: en un municipio, el que se entera —o debería enterarse— es el policía, el director y el alcalde. “Y pareciera que nadie se entera de lo que sucede.” La frase es institucional y, a la vez, una pregunta. Cuesta creer que el presidente municipal no supiera lo que hacía su mando de seguridad; cuesta creer que no advirtiera una granja de más de mil equipos en un pueblo donde casi todo se sabe. Eso, hoy, es sospecha e imputación en sentido político y ministerial, no sentencia. La salvedad hay que dejarla clara: una cosa es lo que se investiga y otra lo que un juez ha declarado.

En el Registro Público de Comercio aparecen, en MOPAMPA —sociedad microindustrial de giro agroalimentario, no de minería ni de energía—, la madre del alcalde en funciones, Margarita Morgado Viveros, fallecida en 2025, y su esposa, Rubí Nolasco Cruz. El exdirector de Seguridad Pública, Ángel Miguel Garrido, no figura en esos folios. Por ahora no consta parentesco publicado entre ambos Garrido. Pero en un pueblo chico los apellidos cuentan, y el silencio fabrica clan.

Ese es el contraste que en pueblo pobre no pasa inadvertido. Tlaola no es parque industrial. Es sierra, milpa, jornal y tienda de abarrotes. No hace falta inventarles delitos que el expediente no ha publicado. Basta el dato social: el vecino no discute teoría económica; pregunta de dónde salió el capital, qué venden y a quién. El diablito casero nunca produjo socias mercantiles. El diablito industrial, a veces, sí produce preguntas.

La región no es inocente de historia. Por ahí corre el viejo huachicol de ducto y el más nuevo huachicol eléctrico. El sistema Necaxa, del que según la SSP se alimentaba la toma irregular, es el hilo que ata esta granja a otras ya halladas en la Sierra Norte. La granja de Tlaola y el narcolaboratorio en los límites de Jopala y Tlapacoya no son caprichos caídos del cielo: son la actualización de un oficio —robar energía, convertirla en valor, esconder el origen— con máquinas que no se apagan.

Al diablito chico lo delataba el medidor. Al diablito grande lo delató el calor. Mil equipos no se refrigeran con un ventilador de recámara. Tampoco se instalan sin que alguien abra la puerta, mire para otro lado o cobre por no ver. Que las autoridades “no la vieran” es la parte más difícil de creer. Existía. Zumbaba. Calentaba. Y, como suele ocurrir en estos pueblos, cuando por fin la vieron ya estaba armada la pregunta que queda en la plaza: no solo quién conectó los cables, sino quién permitió que el diablito creciera hasta volverse granja, y cómo, en un pueblo pobre, madre y esposa del edil figuran como socias en un municipio sin industria mientras el resto seguía pagando la luz —o apagándola— a la hora de siempre.

¿O no lo cree usted?

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