El inquilino que nadie encuentra
La propiedad privada frente a las
redes del despojo
Por Rodolfo Herrera Charolet
En Puebla el despojo ya no necesita pistola al principio. A
veces basta un expediente.
Alejandro Armenta ha llamado “Cártel del Despojo” a una
práctica que puede combinar contratos, juicios, notarías, registros y posibles
complicidades institucionales. El procedimiento cambia, pero la lógica suele
parecerse: primero aparece el papel; después, alguien descubre que su propiedad
está en disputa.
Un caso se desarrolla en Cuautlancingo. En el Juzgado Segundo
de lo Civil de Cholula se promovió un juicio para desalojar a Karla N. de una
casa ubicada en San José del Puente. Jorge N., como apoderado presumiblemente
de Olav N. y Roger N., inició el procedimiento con un contrato de arrendamiento
de 2024. El asunto habría llegado ya a sentencia y orden de lanzamiento.
Todo parece normal. Hasta que aparece alguien más.
Knut N. promovió un amparo en septiembre de 2026. Afirma
poseer el inmueble desde 1991 y mantener actividades ahí desde hace décadas.
También sostiene que Karla N. nunca vivió en la casa. Para respaldar su dicho
refiere documentos de colonos y autoridades federales que ubicarían actividades
suyas en ese domicilio desde años atrás.
El expediente se vuelve todavía más extraño porque Karla N.
también habría promovido un amparo alegando que nunca fue legalmente notificada
del juicio.
Tenemos entonces una casa, un contrato, una inquilina
demandada y otra persona que asegura llevar más de tres décadas en el inmueble.
No prueba un fraude. Tampoco demuestra que jueces, notarios o
funcionarios participaran en una maniobra. Pero sí plantea una pregunta
elemental: antes de sacar a alguien de una casa, ¿no sería conveniente
comprobar quién vive o posee realmente el lugar?
No sería el único expediente poblano donde los papeles y el
inmueble parecen contar historias diferentes.
El 16 de julio de 2025, siete familias de la colonia
Gobernadores, en San Andrés Cholula, denunciaron haber perdido temporalmente el
control de sus viviendas por una orden derivada de un juicio mercantil iniciado
en Oaxaca. El procedimiento estaba relacionado con una deuda de un millón de
pesos y con un predio presentado en el juicio como propiedad del supuesto
deudor.
Los afectados dijeron no formar parte del litigio. Algunos
aseguraron contar con escrituras, pagos de predial e incluso créditos de
Infonavit. También denunciaron que el procedimiento describía parte del
inmueble como terreno baldío, aunque en el lugar existían viviendas.
El caso provocó investigaciones sobre la actuación de
autoridades judiciales. Las denuncias deberán determinar si existieron errores,
irregularidades o algo más grave. Lo relevante es el mecanismo denunciado:
personas que aseguran ser propietarias descubriendo un juicio ajeno cuando la
maquinaria judicial ya llegó hasta su puerta.
En Altepexi apareció otra variante, distinta en su
procedimiento pero relacionada con el mismo problema de fondo: quién puede
disponer de una propiedad y bajo qué autoridad.
Durante 2026, habitantes denunciaron que maquinaria pesada
intervino terrenos de la zona conocida como Cuachilco, donde existen
antecedentes de vestigios prehispánicos. Vecinos señalaron ante autoridades
agrarias que el predio pretendía dividirse para su venta. En ese caso no
aparece, hasta ahora, el mismo esquema judicial de Cholula o Cuautlancingo. Por
eso no puede colocarse automáticamente dentro de una misma red.
Pero sí muestra otra cara del problema: cuando la propiedad,
la posesión y los documentos no están suficientemente claros, el terreno puede
cambiar primero y las explicaciones llegar después.
Las cifras permiten dimensionar el fenómeno. Durante 2026 se
han acumulado cientos de denuncias por despojo en Puebla. Eso no significa que
todas formen parte de una organización criminal ni que cada conflicto
inmobiliario sea producto de corrupción.
Significa algo más sencillo: hay suficiente dinero en juego
para que cada expediente merezca ser revisado con lupa.
Porque no hace falta imaginar un cártel de película.
Puede bastar un contrato cuestionado.
Una notificación discutida.
Una descripción judicial que no coincida con lo que los
afectados aseguran que existía.
Una autoridad que no verifica a tiempo.
Y un propietario que descubre el problema cuando alguien ya
llegó con una orden.
Por eso el caso de Cuautlancingo importa. No porque esté
demostrado que pertenezca a una red criminal, sino porque reproduce varias
señales que obligan a revisar el procedimiento.
En el papel aparece una inquilina.
En el juicio aparece una demanda.
En la casa aparece otra persona.
La justicia debe ser rápida.
Pero tampoco tanto como para llegar antes que la verdad.
¿O no lo cree usted?
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