El Partido Zombi
Un partido que no ganará ninguna
gubernatura
Rodolfo Herrera Charolet
En el tablero político mexicano, en donde los enroques como alianzas
se tejen con hilos de conveniencia y las traiciones ofrecidas como gambitos son
el pan de cada día, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se arrastra
como un zombi salido de una película de serie B.
Es un partido que no muere del todo, pero tampoco vive, aún
en el nuevo milenio se alimenta de recuerdos gloriosos mientras su carne
política se descompone a la vista de todos.
La presidenta Claudia Sheinbaum, con su habitual pragmatismo,
anunció que ya existe un borrador de la reforma electoral, con el respaldo de
Morena y sus aliados. Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, anticipa
un panorama optimista donde el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde
Ecologista de México (PVEM) —ese "verde" que de ecologista tiene lo
que yo de monje budista— muestran disposición y "muy buen ánimo" para
aprobarla.
Pero, ¿quién cree aún en cuentos de hadas? Es probable que
Rosa Icela exagera con su optimismo, porque los rumores en pasillos
legislativos corren como pólvora: tanto el PT como PVEM se oponen de dientes
para afuera a la desaparición de sus legisladores plurinominales y a la tijera
en el financiamiento público que el INE les regala incluso en años no
electorales.
Los cambios que pretenden sus negociadores con la
presidencia, son sustanciales y de realizarse le quitarían garras y dientes a
la reforma, convirtiendo la reforma en un gatito inofensivo. Así que mientras
desde Palacio les hacen "manita de puerco" —esa vieja frase que evoca
torsiones dolorosas para forzar acuerdos—, los partidos opositores se
convierten en pitonisas modernas, ordenando encuestas como quien pide tacos al
pastor para adivinar su futuro y las cartas del Tarot político insisten en
ofrecer al arcano XIII, en donde la muerte es inevitable.
Las encuestas, todas, anuncian a un gran perdedor: el PRI.
Según mediciones recientes de Demoscopia Digital, PollsMX, La Encuesta MX y
RUBRUM, el antiguo partidazo aplanadora no ganaría ninguna de las 17
gubernaturas en disputa para 2027. Hablamos de estados clave como
Aguascalientes, Baja California, Campeche, Chiapas, Chihuahua, Colima, Durango,
Guanajuato, Guerrero, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit, Querétaro, San Luis
Potosí, Tabasco y Veracruz. Morena domina en hasta 15 de ellas, con ventajas
que superan el 40% en sondeos optimistas para el oficialismo.
Las alianzas opositoras (PAN, PRI, MC) solo serían
competitivas en bastiones como Guanajuato, Jalisco o Querétaro, donde el PRI
aparece con intenciones de voto por debajo del 10%, como un fantasma
irrelevante. Esto alimenta especulaciones sobre la pérdida de su registro
nacional: si no supera el 3% de votación efectiva o no gana diputaciones
suficientes, el PRI podría unirse al cementerio político donde ya lo espera el
PRD, ese otro zombi que el pueblo mandó al olvido en 2024.
Los cuadros oportunistas que se niegan al desempleo, saben de
antemano que ya es inevitable la muerte del "ogro filantrópico", que
ahora es solo un espectro tambaleante. Pero para entender esta prolongada
agonía, hay que retroceder en el tiempo.
Un partido en el poder:
El PRI nació de las ambiciones voraces de generales
posrevolucionarios. Tras conflictos armados donde cada militar soñaba con
gobernar un estado o el país entero, dos compadres de armas y codicia se
impusieron: Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Obregón fue presidente
primero, luego Calles, pero cuando Obregón quiso repetir, Calles —aprovechando
el conflicto cristero que cerró iglesias y enfrentó al Estado con la Iglesia—
supuestamente facilitó su asesinato por el fanático José de León Toral, en complicidad
con la monja Concepción Acevedo de la Llata, "La Madre Conchita".
Los caciques y cabecillas revolucionarias afianzaron sus
cotos de poder cuando Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR) en
1929 y de esta manera domesticó a los generales ambiciosos, quienes aceptaron pasar
de las armas a los acuerdos y de estos a las instituciones. Estos acuerdos
dieron pie a que Calles afianzara su poder con su Maximato: gobernaba desde las
sombras nombrando títeres. Emilio Portes Gil (1928-1930), Pascual Ortiz Rubio
(1930-1932) —al que hirieron de un balazo en su toma de posesión y apodaron
"El Nopalito" por su debilidad— y Abelardo L. Rodríguez (1932-1934)
que fueron sus marionetas.
Tras ampliarse el periodo constitucional de la presidencia de
a república de 4 a 6 años, Calles tomo la decisión de colocar a un cuarto
títere manejable, el General Michoacano Lázaro Cárdenas del Río, pero el tiro
le salió por la culata, el presidente marcó su distancia y lo exilió, para
realizar el primer cambio trascendente en las filas revolucionarias, renombró
el partido como Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en 1938.
Este proceso no fue solo un cambio de nombre, sino una
transformación estructural profunda que buscó consolidar el poder
revolucionario, romper con el control personalista de Plutarco Elías Calles y
convertir al partido en una organización de masas con base corporativa, más
inclusiva y alineada con las reformas cardenistas.
Mientras que el PNR era un partido de "grupos"
(caciques, militares y líderes regionales). El PRM adoptó una organización sectorial
corporativa: Sector Obrero (representado por la CTM de Vicente Lombardo
Toledano). Sector Campesino (representado por la CNC, fundada en 1938). Sector
Popular (incluía empleados públicos, profesionistas y pequeños comerciantes). Sector
Militar (incorporado hasta 1940, luego eliminado para evitar politización de
las Fuerzas Armadas).
Esto convirtió al partido en una estructura de masas, con
militancia organizada por gremios y clases sociales, fortaleciendo el control
estatal sobre sindicatos y organizaciones campesinas.
El PRM duró hasta 1946, cuando Miguel Alemán Valdés lo
transformó en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), eliminando el
sector militar y ajustando la estructura para un modelo más moderado y
proempresarial.
El paso de PNR a PRM marcó el fin del dominio callista y el
inicio de un partido hegemónico corporativista que dominó México hasta el año 2000.
La reforma de Cárdenas en 1938 fue una decisión clave para
institucionalizar la Revolución: de un partido de élites y caciques (PNR) a uno
de masas organizadas por sectores (PRM), bajo el control presidencial de
Cárdenas. Esto fortaleció el Estado mexicano posrevolucionario y sentó las
bases del sistema priista.
Tras la reforma de Miguel Alemán para renombrar al partido
como PRI en 1946. Eliminó al sector Militar y entonces se fundó el PARM como un
partido satélite y aliado del oficialismo en donde agrupó el descontentó. El
PRI desde entonces funcionó como una maquinaria estatalista: recolectaba votos
manipulando al pueblo inexperto, reprimía a los disidentes (persecución, cárcel
o muerte) y controlaba todo. Esta hegemonía duró hasta los golpes históricos
iniciados 22 años después.
Una bestia sangrante:
Primero, 1968: la masacre estudiantil en Tlatelolco,
orquestada por el gobierno priista de Gustavo Díaz Ordaz, reveló la brutalidad
del régimen. El miedo era tal que en 1976 José López Portillo corrió sin
oposición, haciendo una gira ridícula de seis meses para "pedir
votos". Esto atrajo críticas internacionales, forzando reformas
electorales que admitieron los primero plurinominales para partidos satélites,
sin cambiar el fondo.
El segundo golpe fue 1988: Carlos Salinas tras perder ante
Cuauhtémoc Cárdenas, pero el fraude ("caída del sistema") lo instaló
en Los Pinos. La oligarquía, viendo peligrar su control, rompió el monopolio
priista co-gobernando con el PAN (fundado por ellos mismos). Salinas concertó
con Diego Fernández de Cevallos y Luis H. Álvarez mediante la "Carta de
Intención", iniciando "concertacesiones" que entregaron
instituciones al PAN. Llamaron a esto "Joven Democracia Mexicana",
pero era un engaño: PRI y PAN gobernaban juntos, con pleitos ficticios para la
militancia de base, mientras líderes eran compadres en fiestas y negocios
turbios.
El poder político a empresarios:
En el sexenio de Ernesto Zedillo (1994-2000), se cedió la PGR
y la Suprema Corte al PAN, culminando en la alternancia de 2000 con Vicente
Fox, orquestada por Bill Clinton para humillar la soberanía. Oligarcas
bautizaron esto "Alternancia Democrática", pero PRI y PAN siguieron
aliados en el desmantelamiento del Estado: crearon instituciones autónomas
(INE, CNDH, entre otras.) para restar poder al presidente y entregar control a
empresarios e intereses extranjeros.
Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012)
profundizaron esto con guerras falsas y corrupción. Para salvar al PRI del
bipartidismo, regresó Enrique Peña Nieto (2012-2018), pero su gobierno corrupto
aceleró el declive.
El tercer golpe fue Andrés Manuel López Obrador en 2018:
interrumpió la entrega del país a oligarcas, desmantelando el "viejo
régimen" y expuso al PRI como rémora, a quienes los agrupó en “la mafia
del poder”.
Tras impulsarse la cuarta transformación (4T) la agonía del
viejo régimen se prolongó, mientras que Morena capitalizó la pérdida de
militantes, aprovechó los escándalos y artículo mecanismos que le permitieron
consolidarse en muy poco tiempo, dos elecciones federales bastaron para
propinar una derrota irrefutable y contundente al colocar en la presidencia de
la República a la primera presidenta de México.
Una muerte anunciada:
En 2027, con 17
gubernaturas en juego, el PRI sin alianza con su socio de correrías (PAN) no
podrá ganar ninguna y hasta podría perder el registro y acompañar al PRD en el
basurero de la historia.
Este zombi político, que manipuló México por décadas, ya no agoniza,
ha muerto y su fantasma únicamente recorre urnas durante elecciones. Su final
sepultura liberaría espacio para otras opciones democráticas, sin oligarcas ni
maquinarias corruptas. Una muerte inevitable que anticipan las encuestas. El
siguiente paso es el PAN que al igual que MC ya se alimenta de cadáveres
priístas, quienes aún esperan un sepulcro de dignidad, o quizás sin ella.
¿O no lo cree usted?


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