En 1942, en el campo de concentración de Auschwitz, los guardias nazis despojaron a Viktor Frankl de todo lo que poseía: su abrigo, su nombre, su profesión y el manuscrito que representaba años de investigación como psiquiatra. Le raparon la cabeza, le tatuaron el número 119104 en el antebrazo y, al descubrir el texto cosido en el forro de su chaqueta, lo rompieron y lo arrojaron al fuego. Creían que con ese acto borraban su identidad y lo reducían a un cuerpo sin valor.
Sin embargo, ese gesto involuntario lo llevó a descubrir lo que ningún sistema opresivo podía arrebatarle: la última de las libertades humanas, la capacidad de elegir la propia actitud ante cualquier circunstancia.Frankl, nacido en Viena en 1905, era un psiquiatra reconocido cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. En 1941 tenía una visa para emigrar a Estados Unidos, donde podría continuar su carrera y escapar de la persecución. La visa, sin embargo, solo lo cubría a él, no a sus padres ancianos. Frente a la decisión de partir solo o quedarse con su familia, optó por permanecer en Viena. Un fragmento de mármol rescatado por su padre de una sinagoga destruida llevaba grabado el mandamiento «Honra a tu padre y a tu madre», y eso inclinó la balanza. Poco después, la Gestapo arrestó a la familia Frankl.Fue deportado primero a Theresienstadt, luego a Auschwitz y finalmente a Dachau. En los campos, las condiciones eran extremas: hacinamiento, hambre, trabajos forzados en el frío, enfermedades y ejecuciones constantes. Como médico, Frankl observó un patrón entre los prisioneros. No siempre morían primero los más débiles físicamente. Algunos hombres fuertes se derrumbaban rápidamente, mientras que otros, aparentemente frágiles, resistían más tiempo. Identificó que la diferencia radicaba en la presencia o ausencia de sentido en la vida.Los prisioneros que perdían toda esperanza dejaban de cuidarse: no se lavaban, apenas se movían y, en el acto definitivo, fumaban sus propios cigarrillos —la única moneda valiosa que podía intercambiarse por comida extra—. Ese gesto marcaba la rendición total; en pocos días, morían. Frankl recordó la frase de Nietzsche: «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». Comenzó a reconstruir en su mente el manuscrito perdido, imaginando conferencias futuras en Viena y manteniendo conversaciones internas con su esposa Tilly, cuya imagen lo sostenía emocionalmente.Ayudó a otros prisioneros a encontrar sus propios motivos para seguir adelante: una hija en el extranjero, un libro por terminar, un proyecto inconcluso. Les preguntaba qué los esperaba fuera del campo, recordándoles que aún había asuntos pendientes que justificaban resistir un día más.En abril de 1945 los campos fueron liberados. Frankl sobrevivió, pero regresó a una realidad devastadora: su esposa, sus padres y su hermano habían muerto. Pesaba apenas 38 kilos. En lugar de rendirse, dedicó nueve días intensos a escribir de memoria el libro que los nazis habían destruido, incorporando ahora las lecciones directas de su experiencia. El resultado fue El hombre en busca de sentido (originalmente …trotzdem Ja zum Leben sagen), publicado en 1946.Inicialmente, las editoriales lo rechazaron por considerarlo demasiado sombrío en un momento en que la gente prefería olvidar la guerra. Frankl incluso pensó publicarlo de forma anónima, firmando solo con su número de prisionero. Finalmente apareció sin gran expectativa comercial. El libro se difundió de manera gradual, llegó a millones de lectores en decenas de idiomas y se convirtió en uno de los textos más influyentes del siglo XX. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos lo incluyó entre los diez libros más impactantes de la historia en ese país.Viktor Frankl vivió hasta 1997. A los 67 años obtuvo su licencia de piloto, escaló montañas en los Alpes y fundó una segunda familia. Su obra dio origen a la logoterapia, una escuela psicoterapéutica centrada en la búsqueda de sentido como motor principal de la existencia humana.El legado de Frankl radica en la afirmación central de su experiencia: a un ser humano se le puede quitar todo —posesiones, salud, seres queridos, libertad física—, pero permanece intacta una última libertad: la de elegir la propia actitud frente a cualquier circunstancia. Esa elección, según demostró, puede transformar el sufrimiento en propósito y convertir la adversidad en fuente de crecimiento.


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