El regreso de Carmelita
Rodolfo Herrera Charolet
El 1 de noviembre de 1934, mientras las campanas de las iglesias de Veracruz repicaban anunciando el mediodía y el Día de Muertos tendía su velo de calaveras y cempasúchil sobre el puerto, atracó el trasatlántico francés Mexique trayendo de vuelta, después de veintitrés años de ausencia, a una mujer vestida enteramente de negro. Era Carmen Romero Rubio, viuda de Porfirio Díaz, flaca, envejecida, con el rostro marcado por el tiempo y el destierro, pero conservando aún esa rectitud de hombros y esa mirada serena de quien durante treinta años había sido la primera dama de la nación más poderosa de América Latina.
Bajó por la plancha del barco como quien desciende a un sueño ajeno. En el muelle la esperaba la sociedad veracruzana de guantes y sombreros, viejos porfiristas convertidos ya en ancianos temblorosos, ramos de flores blancas y una prensa que, por una vez, decidió ser cortés. Nadie dejó de notar la ironía: la viuda del dictador regresaba precisamente el día en que los mexicanos honran a sus muertos. Parecía que el país entero le había preparado un recibimiento de difunta ilustre.
Carmelita, como la llamaban con cariño en los salones de la Ciudad de México cuando Juventino Rosas le dedicó aquel vals que todo el mundo tarareaba en 1893, había contraído matrimonio con Porfirio Díaz en 1881. Ella tenía diecisiete años; él, cincuenta y uno. Fue una boda de poder desmesurado: el testigo civil fue nada menos que el presidente Manuel González. Desde entonces, y durante tres décadas, ella reinó en Chapultepec con la discreción y la elegancia que el general exigía.
En mayo de 1911, cuando la Revolución los arrojó del país, subió al Ypiranga del brazo de su marido. Vio envejecer al viejo oaxaqueño en los inviernos crueles de Europa, un clima para el que ningún indio de las sierras del sur estaba preparado. Lo vio morir en París el 2 de julio de 1915 y lo enterró en el cementerio de Saint-Honoré d’Eylau. Seis años más tarde, con su propio dinero, mandó exhumar los restos y los trasladó a una capilla que ella misma mandó construir en el cementerio de Montparnasse, donde Porfirio Díaz sigue descansando más de un siglo después, porque México nunca quiso traer de regreso al hombre que le dio ferrocarriles, puertos y una paz de hierro.
En París vivió en apartamentos modestos, organizando misas de aniversario, veraneando en Biarritz o San Sebastián cuando el dinero alcanzaba, y administrando desde la distancia las propiedades que sus hermanas arrendaban en México. La Gran Depresión de 1929 terminó de pulverizar lo poco que quedaba. Cuando regresó en 1934, encontró un México gobernado por el partido de sus vencedores, una capital que ya no era la suya y una ciudad que había decidido olvidar.
Se instaló en la casa de su sobrina Teresa Castelló, en la calle Tonalá de la colonia Roma. Vivió sus últimos diez años con una austeridad casi monacal. Su habitación se convirtió en un pequeño museo del porfiriato: retratos, uniformes, medallas, cartas amarillentas. Allí acudían, como en peregrinación secreta, los últimos sobrevivientes del antiguo régimen, a recordar en voz baja los tiempos en que México parecía destinado a ser grande.
El 25 de junio de 1944, a los ochenta años, Carmen Romero Rubio murió de un síncope cardíaco en su casa de la calle Quintana Roo. Todos los periódicos de la capital le dedicaron la primera plana. La enterraron en el Panteón Francés. Hasta el final, Francia.
Y así, sin aspavientos, se fue la última emperatriz de un imperio que ya nadie quería recordar.
Bajó por la plancha del barco como quien desciende a un sueño ajeno. En el muelle la esperaba la sociedad veracruzana de guantes y sombreros, viejos porfiristas convertidos ya en ancianos temblorosos, ramos de flores blancas y una prensa que, por una vez, decidió ser cortés. Nadie dejó de notar la ironía: la viuda del dictador regresaba precisamente el día en que los mexicanos honran a sus muertos. Parecía que el país entero le había preparado un recibimiento de difunta ilustre.
Carmelita, como la llamaban con cariño en los salones de la Ciudad de México cuando Juventino Rosas le dedicó aquel vals que todo el mundo tarareaba en 1893, había contraído matrimonio con Porfirio Díaz en 1881. Ella tenía diecisiete años; él, cincuenta y uno. Fue una boda de poder desmesurado: el testigo civil fue nada menos que el presidente Manuel González. Desde entonces, y durante tres décadas, ella reinó en Chapultepec con la discreción y la elegancia que el general exigía.
En mayo de 1911, cuando la Revolución los arrojó del país, subió al Ypiranga del brazo de su marido. Vio envejecer al viejo oaxaqueño en los inviernos crueles de Europa, un clima para el que ningún indio de las sierras del sur estaba preparado. Lo vio morir en París el 2 de julio de 1915 y lo enterró en el cementerio de Saint-Honoré d’Eylau. Seis años más tarde, con su propio dinero, mandó exhumar los restos y los trasladó a una capilla que ella misma mandó construir en el cementerio de Montparnasse, donde Porfirio Díaz sigue descansando más de un siglo después, porque México nunca quiso traer de regreso al hombre que le dio ferrocarriles, puertos y una paz de hierro.
En París vivió en apartamentos modestos, organizando misas de aniversario, veraneando en Biarritz o San Sebastián cuando el dinero alcanzaba, y administrando desde la distancia las propiedades que sus hermanas arrendaban en México. La Gran Depresión de 1929 terminó de pulverizar lo poco que quedaba. Cuando regresó en 1934, encontró un México gobernado por el partido de sus vencedores, una capital que ya no era la suya y una ciudad que había decidido olvidar.
Se instaló en la casa de su sobrina Teresa Castelló, en la calle Tonalá de la colonia Roma. Vivió sus últimos diez años con una austeridad casi monacal. Su habitación se convirtió en un pequeño museo del porfiriato: retratos, uniformes, medallas, cartas amarillentas. Allí acudían, como en peregrinación secreta, los últimos sobrevivientes del antiguo régimen, a recordar en voz baja los tiempos en que México parecía destinado a ser grande.
El 25 de junio de 1944, a los ochenta años, Carmen Romero Rubio murió de un síncope cardíaco en su casa de la calle Quintana Roo. Todos los periódicos de la capital le dedicaron la primera plana. La enterraron en el Panteón Francés. Hasta el final, Francia.
Y así, sin aspavientos, se fue la última emperatriz de un imperio que ya nadie quería recordar.


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