El hombre que tomó café antes y después de la muerte
Puebla, 1 de mayo de 1973. Eran las once y media de la mañana de un martes triste, de esos que parecen llevar luto desde antes de amanecer. El aire olía a pólvora lejana y a café recién molido. En La Flor de Puebla, bajo los portales de Hidalgo, Andrés Chi Sing Cuamatzi bebía su café con la calma de quien sabe que el tiempo le pertenece.
Era un hombre pequeño, de mirada quieta y manos que no temblaban. Pistolero de gobernadores y de su propia cuenta, gatillero de la Judicial del teniente coronel Felipe Flores Narro, el homicida por encargo y cuenta propia, Chi Sing había caminado ya por muchos muertos. Aquella mañana, un compañero se le acercó sin decir palabra y le entregó un rifle M-1. Bebió otro sorbo. Pidió uno más de despedida. Luego se levantó, como quien va a dar un paseo sin importancia.
Caminó más de cincuenta metros rumbo a la Universidad. De pronto, con paso casi bailarín, emprendió una breve carrera. Se detuvo en seco. Levantó el arma. Un solo tiro resonó en la esquina de 4 Norte y Maximino Ávila Camacho. El pandillero Alfonso Calderón Moreno, que en ese instante incendiaba una patrulla de la policía municipal, cayó como si el destino mismo le hubiera tocado el hombro.
Sin prisa, Chi Sing regresó caminando. Los francotiradores que lo cubrían desde los techos y esquinas permanecieron invisibles, como ángeles discretos de la muerte. Volvió a sentarse en la misma silla de la Flor de Puebla, pidió otro café y lo bebió con la misma serenidad con que había llegado.
Años más tarde mataría a Pancho Pistolas frente a su mujer en La Paz y haría otros encargos silenciosos hasta que Melquiades lo encerró. Murió en la cárcel, como mueren casi todos los que vivieron de plomo y lealtades frágiles.
Aquella mañana de 1973, sin embargo, todo fue perfecto: un café, un tiro certero, otro café. Y en medio, la muerte exacta, limpia, casi cortés. Como si en Puebla, de cuando en cuando, la vida decidiera escribirse con renglones de plomo y aroma de café griego.
(Con la foto espectacular de Daniel Fortiz, que parece congelar el instante mismo en que el destino y Andrés Chi Sing se miraron a los ojos).
Transcribió... Rodolfo Herrera Charolet tomando un café en vasito dentro de la panadería la Flor de Puebla, pasando el torniquete, entre hojaldras y pan de muerto. Hoy ya no tiene sillas, únicamente mostrador, anaqueles y charolas.
Era un hombre pequeño, de mirada quieta y manos que no temblaban. Pistolero de gobernadores y de su propia cuenta, gatillero de la Judicial del teniente coronel Felipe Flores Narro, el homicida por encargo y cuenta propia, Chi Sing había caminado ya por muchos muertos. Aquella mañana, un compañero se le acercó sin decir palabra y le entregó un rifle M-1. Bebió otro sorbo. Pidió uno más de despedida. Luego se levantó, como quien va a dar un paseo sin importancia.
Caminó más de cincuenta metros rumbo a la Universidad. De pronto, con paso casi bailarín, emprendió una breve carrera. Se detuvo en seco. Levantó el arma. Un solo tiro resonó en la esquina de 4 Norte y Maximino Ávila Camacho. El pandillero Alfonso Calderón Moreno, que en ese instante incendiaba una patrulla de la policía municipal, cayó como si el destino mismo le hubiera tocado el hombro.
Sin prisa, Chi Sing regresó caminando. Los francotiradores que lo cubrían desde los techos y esquinas permanecieron invisibles, como ángeles discretos de la muerte. Volvió a sentarse en la misma silla de la Flor de Puebla, pidió otro café y lo bebió con la misma serenidad con que había llegado.
Años más tarde mataría a Pancho Pistolas frente a su mujer en La Paz y haría otros encargos silenciosos hasta que Melquiades lo encerró. Murió en la cárcel, como mueren casi todos los que vivieron de plomo y lealtades frágiles.
Aquella mañana de 1973, sin embargo, todo fue perfecto: un café, un tiro certero, otro café. Y en medio, la muerte exacta, limpia, casi cortés. Como si en Puebla, de cuando en cuando, la vida decidiera escribirse con renglones de plomo y aroma de café griego.
(Con la foto espectacular de Daniel Fortiz, que parece congelar el instante mismo en que el destino y Andrés Chi Sing se miraron a los ojos).
Transcribió... Rodolfo Herrera Charolet tomando un café en vasito dentro de la panadería la Flor de Puebla, pasando el torniquete, entre hojaldras y pan de muerto. Hoy ya no tiene sillas, únicamente mostrador, anaqueles y charolas.


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