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El pan de La Blanca

  El pan de La Blanca


En la avenida Hidalgo de Cholula, casi al llegar al Portal Guerrero, donde la tarde se alarga como si no tuviera prisa por morir, permanece todavía La Blanca, una de las panaderías más antiguas de la ciudad. Su letrero pintado sobre la cal blanca anuncia un nombre que ya pocos relacionan con su verdadero origen, pero que los cholultecas de siempre reconocen como parte del mismo aire que respiran.
Dicen —y la voz corre desde hace más de sesenta años— que en uno de sus hornos don Joaquín Roldán Casco, siendo presidente municipal en 1960, mandó quemar el archivo entero del ayuntamiento porque eran “papeles viejos” que ya no servían para nada. Desde entonces, el pan de La Blanca lleva algo de aquella ceniza invisible, como si en cada hogaza se cociera también un pedazo de memoria municipal perdida.
En los tiempos de la juventud, las charolas se vaciaban en un suspiro. Los clientes entraban con las pinzas en la mano como quien empuña un instrumento preciso y elegían conchas de vainilla y chocolate, cocoles de anís, teleras calientes, libros, mamones y aquellos colorados que brillaban como pequeños soles de azúcar. Era un rito rápido y necesario: comprar el pan para el desayuno o la merienda antes de que desapareciera.
Allí aprendieron el oficio muchos que después abrieron sus propios hornos. Uno de ellos fue Alfredo Porrás Tecayehuatl, que dejó la tahona tras ganarse la lotería, montó un laboratorio de revelado de fotos y, ya casi al final de su vida, volvió al olor de la levadura y el azúcar. Hasta poco antes de morir, cuando visitaba al cronista para atender sus cuentas, llegaba con conchas todavía tibias de La Blanca, invitando a romper la dieta sin remordimiento.
Con el paso de los años la panadería se convirtió también en cafetería. El viejo letrero iluminado por focos laterales cambió de luz, pero no de alma. Hoy, cuando dan las siete de la noche, ya no quedan conchas ni cocoles. Solo quedan cuernos, mamones, rebanadas de pastel y, si hay suerte, algunas gelatinas y cremitas en el refrigerador que los clientes miran con la misma codicia de siempre.
Después de la muerte de don Joaquín y de sus hijos mayores —Neto, Perico y los otros—, la herencia se dividió entre disputas y multiplicó los hornos. Hoy hay varias panaderías que se dicen “La Blanca original”, todas con la misma sangre y el mismo oficio heredado, como si la levadura llevara también la memoria de las familias.
Sin embargo, para quienes bajan de sus autos o caminan desde la escuela del CELMA como lo hacía el cronista hace décadas, solo existe una La Blanca: la de la avenida Hidalgo 109. Allí el pan sigue siendo el mismo de siempre. Y mientras exista, seguirá habiendo en Cholula un rincón donde el tiempo se mide en conchas calientes y en el dulce olor que sale del horno, como si nada hubiera cambiado desde aquel 1960 en que ardieron los papeles viejos y nació, sin saberlo, una leyenda de harina y fuego.

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