La mañana de la reina
El 16 de octubre de 1793, a las cuatro de la madrugada, una vela temblaba en la celda de La Conciergerie. Leyeron la sentencia en voz baja. María Antonieta escuchó sin mover la cabeza. Tenía treinta y ocho años y el cabello completamente blanco. Cuando le preguntaron si deseaba decir algo, negó suavemente con la mirada. Llevaba once semanas allí, bajo la vigilancia constante de guardias que solo la llamaban “la prisionera 280”.
En el juicio habían dicho muchas cosas contra ella: conspiración con reinos extranjeros, ruina de las finanzas, traición. Pero fue la última acusación, la que involucraba a su hijo de ocho años, la que rompió el aire. Entonces habló, con voz serena y clara: “La naturaleza misma se niega a responder a semejante cargo contra una madre. Apelo a todas las madres que se encuentran aquí.” Por un instante, la sala entera guardó silencio.
La mañana de la ejecución le permitieron un vestido blanco sencillo. Le cortaron el cabello con una navaja. Le ataron las manos a la espalda. La subieron a una carreta de madera sin cojines, solo una tabla por asiento. Treinta mil soldados formaban barrera a lo largo del camino. La multitud observaba en silencio mientras la carreta avanzaba por las calles. Solo al llegar a la rue Saint-Honoré comenzaron los gritos.
Subió sola los escalones del cadalso. Perdió un zapato en el trayecto. Pisó sin intención el pie del verdugo y murmuró con cortesía antigua: “Señor, le pido perdón, no lo hice a propósito.” Eran las doce y quince minutos cuando cayó la hoja. El verdugo levantó la cabeza y gritó “¡Viva la República!”. La plaza, llena de gente que había acudido a celebrar, permaneció callada.
La enterraron en una fosa común, sin ataúd, con cal viva sobre el cuerpo y la cabeza colocada entre las piernas. Así terminó, en la más absoluta sencillez, la última reina de Francia.
El 16 de octubre de 1793, a las cuatro de la madrugada, una vela temblaba en la celda de La Conciergerie. Leyeron la sentencia en voz baja. María Antonieta escuchó sin mover la cabeza. Tenía treinta y ocho años y el cabello completamente blanco. Cuando le preguntaron si deseaba decir algo, negó suavemente con la mirada. Llevaba once semanas allí, bajo la vigilancia constante de guardias que solo la llamaban “la prisionera 280”.
En el juicio habían dicho muchas cosas contra ella: conspiración con reinos extranjeros, ruina de las finanzas, traición. Pero fue la última acusación, la que involucraba a su hijo de ocho años, la que rompió el aire. Entonces habló, con voz serena y clara: “La naturaleza misma se niega a responder a semejante cargo contra una madre. Apelo a todas las madres que se encuentran aquí.” Por un instante, la sala entera guardó silencio.
La mañana de la ejecución le permitieron un vestido blanco sencillo. Le cortaron el cabello con una navaja. Le ataron las manos a la espalda. La subieron a una carreta de madera sin cojines, solo una tabla por asiento. Treinta mil soldados formaban barrera a lo largo del camino. La multitud observaba en silencio mientras la carreta avanzaba por las calles. Solo al llegar a la rue Saint-Honoré comenzaron los gritos.
Subió sola los escalones del cadalso. Perdió un zapato en el trayecto. Pisó sin intención el pie del verdugo y murmuró con cortesía antigua: “Señor, le pido perdón, no lo hice a propósito.” Eran las doce y quince minutos cuando cayó la hoja. El verdugo levantó la cabeza y gritó “¡Viva la República!”. La plaza, llena de gente que había acudido a celebrar, permaneció callada.
La enterraron en una fosa común, sin ataúd, con cal viva sobre el cuerpo y la cabeza colocada entre las piernas. Así terminó, en la más absoluta sencillez, la última reina de Francia.


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