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Xelhua

 102. Xelhua


En las brumas eternas del Valle de Cholula, donde el tiempo se detiene como una gota de rocío sobre una hoja de maíz, surgió Xelhua, el gigante arquitecto, hijo de las aguas primordiales y de la memoria terrosa de la tierra. Como en los relatos que Gabriel García Márquez tejería siglos después en Macondo, aquí la realidad y el mito se funden en un solo aliento húmedo: un diluvio universal que devoró a los colosos antiguos, convirtiendo a algunos en peces silenciosos que aún nadan en los sueños del Atoyac. Siete hermanos sobrevivieron, guarecidos en las grutas húmedas de la montaña de Tláloc, como mariposas atrapadas en ámbar. Y entre ellos caminaba Xelhua, el de los pies que sostienen mundos, el que llevaba en su pecho el eco de las tormentas.
Fue en el año 3979 del mundo, según el cronista Mariano Veytia, o en el 25 antes de Cristo según las correcciones de Orozco y Berra, cuando las naciones —olmecas, zapotecas, xicalancas— atravesaron el mar y reembarcaron en el Pánuco para adentrarse en estas tierras feraces. En las riberas del Atoyac se toparon con una raza de gigantes, y tras sangrientos combates que tiñeron de rojo las aguas, los exterminaron. Cholollan, la principal, nació de esa victoria y de esa melancolía. 
Pero Torquemada, en sus códices antiguos, remonta aún más la fundación: antes del diluvio ya moraban gigantes sobre la tierra. Xelhua, en agradecimiento a la montaña que lo salvó, decidió erigir otra igual, un cerro artificial que besara las nubes. Desde Tlalmanalco, a lo lejos, una cadena humana interminable pasaba adobes de mano en mano, como una procesión de hormigas titánicas. La pirámide crecía, amenazante, soberbia, hasta que Tonacatecutli, padre de los dioses, irritado por tanta osadía, lanzó el fuego celeste. Una piedra en forma de sapo cayó, matando a muchos, y los sobrevivientes se dispersaron como hojas en el viento de otoño. La obra quedó inconclusa, pero el Tlachihualtépetl permaneció, montaña hecha a mano, testigo mudo de la ambición humana y de la ira divina.
Hacia el año 900 antes de Cristo, Cholula era apenas una aldea junto a un pequeño lago de aguas diáfanas, manantial que alimentaba ríos de piedras blancas pulidas. Los suelos orientales, de fertilidad moderada-alta, acogían maíz, frijol y calabaza con la generosidad de una madre antigua. La caza y la recolección acompañaban la agricultura; en los talleres de barro nacían ollas, platos y escudillas de silueta compuesta, blancas, grises o rosadas, algunas cubiertas de hematita que brillaba como sangre diluida en el alba. Cerámicas café negruzco, bayo y monocromas en negro contaban, en su simplicidad, la historia de un pueblo que ya soñaba con eternidad.
Como en las novelas de Kawabata, donde la nieve cae delicadamente sobre los tejados y revela la fugacidad de todo, la pirámide de Xelhua permanece bajo el peso de los siglos: un cerro verde que oculta millones de adobes, un susurro de gigantes que aún se escucha en las tardes de niebla cuando el viento recorre el valle. Su legado no es solo piedra, sino esa mezcla de audacia y humildad que define a Cholula: un lugar donde los hombres construyen montañas para tocar el cielo, y los dioses, con ternura cruel, les recuerdan que el cielo ya está en la tierra fértil, en el río que canta y en la cerámica que guarda el calor de las manos ancestrales. En cada adobe invisible late todavía el pulso de Xelhua, gigante que soñó demasiado alto y dejó, como herencia, la belleza melancólica de lo inconcluso.
Referencias (APA)Veytia, M. (s.f.). Historia antigua de México. (Citado en fuentes secundarias modernas).Wikipedia contributors. (2026). Xelhua. Wikipedia, La enciclopedia libre. https://es.wikipedia.org/wiki/XelhuaHerrera Charolet, R.Ed. Del Autor. México 1995 Primera Edición.Elementos BUAP. (s.f.). Publicación sobre Xelhua y cronologías. https://elementos.buap.mxConoce Cholula. (2023). El gigante Xelhua. https://www.conocecholula.comArqueología Mexicana. (2026). La cerámica policroma de Cholula.

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