México 2026
El Mundial del lucro que humilla al aficionado
Rodolfo Herrera Charolet
El Mundial de Fútbol 2026, que México coorganiza con Estados
Unidos y Canadá, se ha convertido en un símbolo doloroso de cómo el deporte más
popular del planeta ha sido secuestrado por el dinero. Lejos de ser la fiesta
que prometía unir al país, el evento se presenta como un mecanismo despiadado
de extracción económica que excluye a la mayoría de los mexicanos. La
indignación es legítima y profunda: mientras las promesas de accesibilidad y
orgullo nacional se esfuman, los organizadores y la FIFA avanzan con una lógica
mercantil que prioriza ganancias sobre el espíritu del juego.
Los precios de los boletos son escandalosos. Entradas para
partidos de la fase de grupos en sedes mexicanas superan con facilidad los 12
mil a 18 mil pesos en categorías que antes eran accesibles. Para un trabajador
promedio, asistir a un solo encuentro representa varias semanas de salario.
¿Dónde queda el aficionado de siempre, aquel que llenaba los
estadios con su pasión y no con su cartera?
La respuesta es clara: fuera del sistema. El Mundial se ha
transformado en un producto de lujo para turistas de alto poder adquisitivo y
sectores privilegiados, dejando a millones de mexicanos como espectadores de
segunda categoría en su propio territorio.
A esto se suma la vergonzosa restricción en las
transmisiones. Lo que en otros tiempos fue un derecho casi universal —ver a la
Selección Mexicana por televisión abierta— ahora exige contratar paquetes
premium de streaming o cable. Familias enteras que planificaban ver los
partidos juntos en casa se encuentran ante una barrera económica adicional. Es
un doble golpe: no solo no pueden ir al estadio, tampoco pueden verlo
cómodamente sin pagar. Esta mercantilización extrema del fútbol contradice la
esencia misma del deporte como bien cultural y social.
La situación se agrava con los problemas de seguridad y orden
público. Reportes de violencia en zonas aledañas a los estadios, abusos de
grupos organizados que aprovechan la concentración de personas y un aparente
incremento en la delincuencia durante la preparación del evento generan temor
justificado. Las sanciones que la FIFA ha impuesto a la Federación Mexicana por
incidentes previos contrastan con la pasividad ante los abusos estructurales.
Pareciera que las multas y castigos solo caen sobre los aficionados o las
federaciones locales, mientras los verdaderos responsables de la organización
—incluida la propia FIFA— operan con impunidad.
El oportunismo político completa el panorama lamentable.
Grupos y figuras públicas han convertido el Mundial en plataforma para
protestas, demandas y posicionamientos electorales, utilizando la atención
mediática del evento para sus propios fines. Mientras tanto, el prestigio de
México como país anfitrión se erosiona. En lugar de proyectar organización,
hospitalidad y pasión, se transmite la imagen de un país que permite que un
evento deportivo se convierta en instrumento de lucro desmedido y exclusión social.
La mercantilización del deporte: un problema sistémico
Este no es un caso aislado. El fútbol mundial ha sufrido una
transformación radical en las últimas décadas. De ser un espacio de encuentro
popular, ha pasado a ser una industria multimillonaria controlada por
corporaciones, patrocinadores y organismos supranacionales. La FIFA, como ente
rector, ejemplifica esta deriva. Sus dirigentes han enfrentado escándalos de
corrupción histórica, y sin embargo, el organismo sigue dictando reglas que
benefician primordialmente a sus intereses económicos.
La falta de mecanismos reales de rendición de cuentas y
sanciones efectivas contra estos organismos es alarmante.
¿Quién vigila a quienes deciden los precios, las sedes y las
condiciones de transmisión? ¿Dónde están las autoridades internacionales que
obliguen a la FIFA a priorizar el acceso democrático al deporte? La ausencia de
contrapesos éticos permite que se repitan patrones de exclusión en cada
megaevento.
Catar 2022 ya mostró los excesos; México 2026 los replica y
amplifica en un país con desigualdades mucho más profundas.
Es indignante que un evento que genera miles de millones de
dólares en ingresos no pueda garantizar boletos accesibles, transmisiones
abiertas y seguridad digna para los habitantes del país sede. La lógica
mercantil ha desplazado al aficionado como protagonista central. Ahora es un
consumidor más, y si no puede pagar, simplemente no participa. Esto no solo
daña el presente, sino que amenaza el futuro del fútbol como fenómeno social.
Reflexión final: ¿qué clase de país queremos proyectar?
México tiene una tradición futbolística rica y una afición
apasionada que merece respeto. Organizar un Mundial debería ser motivo de
orgullo colectivo, no de resentimiento. Sin embargo, la forma en que se está
gestionando el 2026 revela prioridades equivocadas: más interés en el lucro
inmediato que en el legado duradero. Es urgente que la sociedad exija cambios.
No se trata de
rechazar el Mundial, sino de demandar que se organice con ética, inclusión y
sentido de pertenencia. La FIFA y los organizadores locales deben entender que
el fútbol no les pertenece; pertenece al pueblo. Mientras no existan sanciones
reales, transparencia obligatoria y mecanismos que limiten el abuso mercantil,
eventos como este seguirán profundizando divisiones en lugar de unirnos.
El Mundial 2026 puede aún corregir el rumbo, pero para ello
se requiere voluntad política y presión ciudadana. De lo contrario, quedará en
la memoria no como la fiesta del fútbol, sino como el evento que expuso, de
manera más cruda, cómo el dinero terminó por corromper incluso lo que más nos
apasiona.
¿O no lo cree usted?


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