102. Los zapotecas en el valle
de Cholula
Los zapotecas llegaron al valle de Cholula como una corriente silenciosa que
arrastraba consigo el eco de los dioses antiguos. A finales del periodo
preclásico medio, hacia el año 610 antes de la era cristiana, una oleada
relacionada con los olmecas de la costa del Golfo, procedente de la región de
Monte Albán, se detuvo en el sitio conocido como Las Bocas, en Epatlán, Puebla.
Desde allí propagaron por el valle de Cholula el culto felino y el misterio de
la fertilidad, entregados a los primeros sacerdotes o chamanes que sabían leer
el latido de la tierra.
Monte Albán fue, durante siglos, una ciudad de múltiples sangres. Fundada
por los zapotecas a finales del Preclásico Tardío con el nombre de Dani Baá, se
convirtió en la sede del poder dominante de los Valles Centrales de Oaxaca y
mantuvo vínculos profundos con los teotihuacanos. Los mixtecos la conocieron
como Yucucúi, el Cerro Verde. Durante el Clásico Temprano la ciudad prosperó
hasta que, al final de la Fase Xoo, fue abandonada por los altos dignatarios,
los sacerdotes y gran parte de su población. Más tarde, en el Posclásico, los
mixtecos reutilizaron el recinto sagrado cuando el poder político de los
zapotecos se hallaba fragmentado en ciudades-Estado: Lambityeco, Tehuantepec,
Yagul y Zaachila.
La erupción del Xitle transformó el destino de Mesoamérica. Teotihuacán se
alzó como la ciudad principal, y el creciente poderío de los zapotecos la
convirtió en un eje del comercio mesoamericano. Establecieron lazos de
intercambio con la costa del Golfo y el valle de México, tejiendo rutas que
llevaban cerámica, obsidiana y relatos de dioses lejanos.
Hacia el año 200 a.C., los aldeanos de Chupícuaro, asentados en Cholula,
recibieron la intrusión de elementos culturales de tradición pescadora. De
aquella influencia comercial y cosmopolita nació un nuevo lenguaje de barro: el
bracero bicónico, la cuchara, el plato trípode con soportes huecos o
antropomorfos, el comal y los adornos corporales. Aparecieron piezas en café
claro, rojo amarillo, rojo sobre café rojizo, rojo sobre blanco y policromado,
objetos que aún conservan el resplandor de manos olvidadas.
Alrededor del año 100 a.C. surgieron las técnicas de irrigación y
terraceado, organizadas y controladas por los mandones de las comunidades. La
influencia de los pobladores de Monte Albán se hizo más profunda y con ella
nació el culto a las deidades naturales. En el valle de Cholula, donde el agua
y la tierra dialogaban desde tiempos remotos, los zapotecas dejaron no solo
cerámica y terrazas, sino una memoria que aún respira bajo la gran pirámide y
en las riberas del Atoyac.
Así, entre el silencio de los códices y la voz de la tierra, los zapotecas
tejieron su historia en el corazón de Cholula, una historia que no termina,
sino que se prolonga en cada piedra antigua, en cada surco abierto y en cada
semilla que germina bajo el sol del altiplano poblano. Su paso quedó grabado en
la memoria del valle para siempre.
Fuente:
Cholula, Tradición y Cultura
Rodolfo Herrera Charolet
Ed. 2026


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