Que empiece por el espejo, diputado sin votos
Qué coincidencia tan oportuna. Apenas se habla de filtros reales para quienes aspiran a gobernar y ya aparece el moralista de ocasión exigiendo que “empiece por casa”. Como si la casa no se hubiera construido con los mismos ladrillos de siempre.Resulta que ahora el antidoping es la gran prueba de pureza… pero solo cuando le conviene al que lo propone.
Él ya se lo hizo, dice. Y lo publicó. Qué generoso. Como si una prueba de orina de un día de estos borrara de golpe años de demagogia, de discursos huecos y de una representación que, digámoslo con claridad, se sostiene más en el cargo que en el respaldo ciudadano.
Porque hay diputados que llegan con votos y hay diputados que llegan… y ya. Y cuando no se tiene la fuerza de las urnas, se recurre a la fuerza de la pose.
“Que se lo hagan todos”, clama. “Que empiece el Ejecutivo”. Qué valiente. Qué cómodo. Exigir al que manda lo que uno mismo convierte en espectáculo personal.
La iniciativa de incorporar el antidoping como un requisito más para quienes aspiren a un cargo de elección popular es, en sí misma, razonable y oportuna. Se trata de un filtro de entrada, una condición adicional para quienes piden la confianza ciudadana y aún no ejercen el poder.
Distinto es pretender aplicarlo de manera idéntica y inmediata a quienes ya desempeñan el cargo: no es lo mismo establecer reglas claras para los que quieren llegar, que convertir una prueba técnica en instrumento de presión política contra los que ya están gobernando. Una cosa es exigir transparencia a los aspirantes; otra muy distinta es disfrazar de congruencia lo que no es más que oportunismo.
El antidoping no limpia la política. Nunca lo ha hecho. Detecta moléculas, no intenciones. No revela quién sirve y quién solo ocupa el escaño. No distingue entre el que trabaja y el que solo aparece cuando hay reflectores. Pero sirve, eso sí, para montar el circo de la pureza selectiva: “yo ya me lo hice, ahora que lo hagan los demás”. Como si la ética se midiera por un frasco y no por la trayectoria.
Si de verdad se quiere congruencia, empiece por casa el que predica. Empiece por reconocer que un resultado negativo de laboratorio no le otorga autoridad moral automática. Empiece por aceptar que la confianza ciudadana no se compra con un examen de sustancias, sino con resultados, con transparencia real y con menos teatro.
Porque lo verdaderamente fácil es señalar hacia arriba y exigir pruebas ajenas. Lo difícil es mirarse al espejo y preguntarse cuántos votos propios respaldan tanto discurso.
El filtro más urgente no es el de la orina.
Es el de la legitimidad.
Y ese, diputado sin votos, todavía está pendiente.


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