La entrenadora que rompió el silencio: UPAEP encubre, hostiga y silencia en caso de abuso sexual
Por JosƩ Herrera
En una carta que arde, Ana RenterĆa, entrenadora del selectivo femenil de baloncesto de la preparatoria UPAEP, presentó su renuncia irrevocable. Lo hizo sin eufemismos, sin el “agradezco la oportunidad” que suelen endulzar las despedidas forzadas. Lo hizo para seƱalar lo que nadie en la universidad quiso nombrar: que en la UPAEP se encubre el abuso, se silencia a las vĆctimas y se castiga a quienes se atreven a protegerlas.
La salida de RenterĆa ocurre tras la detención de Miguel N., jefe del Ć”rea de deportes, acusado formalmente de abuso sexual en contra de una menor de edad. Pero lo que la entrenadora relata en su carta es mĆ”s que la caĆda de un depredador: es el retrato de una institución cómoda con la omisión, que optó por proteger su imagen antes que a sus alumnas.
RenterĆa describe cómo notó en su equipo comportamientos atĆpicos: crisis de ansiedad, molestias fĆsicas, miedo constante. El ambiente se enrarecĆa cada vez que los altos mandos del deporte aparecĆan. “Psicológicamente tambiĆ©n sufrió ataques de ansiedad, sobre todo cuando se presentaban en los entrenamientos personal de coordinación y dirección deportiva”, escribió.
La entrenadora hizo lo que cualquier profesional comprometida con la integridad de sus jugadoras deberĆa hacer: preguntó cómo proceder. Pero la respuesta fue tajante: no te metas. No se le ofreció acompaƱamiento institucional, ni rutas claras de actuación. Sólo el imperativo del silencio.
Ignorar la violencia, hacer como que no pasa nada, es institucionalizarla. Y eso fue lo que ocurrió. Al hablar con los padres de la vĆctima —con el consentimiento de la propia jugadora— RenterĆa fue aislada, hostigada y relegada. “A partir de ahĆ se me hostigó y aisló laboralmente”, denunció.
La carta, publicada en sus redes, es una denuncia pĆŗblica pero tambiĆ©n un acto de resistencia. RenterĆa no sólo narra, acusa. Y lo hace como alguien que ha sido alumna, becaria, atleta representativa y ahora vĆctima del mismo aparato institucional que alguna vez la formó.
“Pretender que no pasa nada es una forma de invisibilizar lo ocurrido”, dice. Y tiene razón. Hoy la UPAEP no puede seguir fingiendo que se trata de un caso aislado, de una “manzana podrida” que ya fue retirada. Porque lo que RenterĆa describe es una estructura: una red de complicidades y silencios que permitió que Miguel N. operara con total impunidad.
El viernes 16 de mayo, un grupo de alumnas y deportistas rompió el cerco institucional con una manifestación silenciosa, pero potente. Lo hicieron para solidarizarse con la joven que denunció. Y para respaldar a quien decidió no callar: su entrenadora.
La detención de Miguel N. fue un primer paso. Pero si la universidad quiere recuperar algo de la legitimidad moral que Ana RenterĆa recuerda con nostalgia, tendrĆ” que hacer mĆ”s. Mucho mĆ”s. Porque hoy, la UPAEP no educa. Encubre. No protege. Abandona. Y quienes se atreven a hablar, como Ana, terminan fuera.
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