Sonambulismo: esa danza absurda entre el sueño y el desastre
Por Carlos Charis| 2 de junio de 2025
Mientras tú roncas como un tronco —o finges que duermes para ignorar tus problemas— hay gente que se levanta en plena noche, con los ojos medio abiertos y el cerebro medio apagado, y empieza a hacer cosas que no recuerda al despertar. Caminar, hablar, cocinar, incluso orinar en el ropero creyendo que es el baño. A eso le llaman sonambulismo. Un trastorno del sueño, dicen los médicos. Pero para quien lo vive —o lo sufre desde la otra almohada—, parece más bien una burla del cuerpo a la razón.
Durante siglos, a estos tipos los quemaban por brujos o los encerraban por locos. Hoy la ciencia les tiene un nombre elegante: parasomnia. Es decir, un pedazo de noche donde el cuerpo se activa sin pedirle permiso al alma.
Sucede en la fase más profunda del sueño, la N3, cuando deberías estar más muerto que vivo. Pero no. Algo en el cerebro —sobre todo en las áreas motoras— se prende como un foco dañado. Te levantas, te mueves, hablas, a veces sales a la calle en calzones, todo sin darte cuenta. No estás soñando que caminas. Caminas. Punto.
Niños, adultos y otros zombis
El National Institutes of Health estima que uno de cada cinco niños se echa al menos un paseo sonámbulo antes de llegar a la secundaria. En adultos, el número baja, pero el riesgo sube: solo entre el 1% y el 4% lo padece, y muchos tienen algún lío en la cabeza que no se arregla con té de tila. Ansiedad, depresión, pastillas mal recetadas. El combo perfecto para andar vagando por la noche como alma que no sabe a dónde va.
Un estudio serio, de esos con bata blanca, lo publicó el Hospital General de Massachusetts en 2012. Detectaron que más del 60% de los sonámbulos adultos tenía también trastornos psiquiátricos. Y no cualquier cosa: ataques de pánico, ansiedad crónica, depresión. No es casualidad que el insomnio y la tristeza duerman en la misma cama.
Y encima viene la genética a joder: si tu madre o tu padre eran de los que se levantaban a mitad de la noche para revisar el refrigerador sin saberlo, tú tienes cinco veces más probabilidades de heredar el espectáculo.
La ruta al desastre
El problema no es que camines dormido. El problema es lo que puedes hacer mientras. Hay gente que se ha caído por las escaleras, que ha prendido la estufa, que ha salido a manejar. Algunos casos han terminado mal, muy mal. Homicidios en estado de sonambulismo. Automatismo legal, lo llaman los abogados. Una línea borrosa entre la culpa y la inconsciencia. Y aunque suene a chiste negro, ya ha habido juicios donde el acusado dormía mientras cometía el crimen.
Diagnosticar el asunto no es fácil. Normalmente es la pareja, el hermano, el vecino que te escucha hablar solo a las 3 a.m. quien da la alarma. Para confirmar, se necesita una polisomnografía, esa cosa que te conecta cables por toda la cabeza mientras duermes en una cama de hospital bajo cámaras que no parpadean.
¿Y cómo se trata?
En niños, se les pide a los padres que apaguen las pantallas, que les den horarios y que no les metan azúcar antes de dormir. En adultos, ya hablamos de psicoterapia, control de ansiedad, y si la cosa está grave, benzodiacepinas (esas pastillas que te apagan más que una botella de whisky barato).
Hay experimentos nuevos. Uno se llama estimulación acústica sincronizada. Básicamente, le meten sonidos al cerebro para tratar de domar la bestia mientras duerme. Suena a ciencia ficción, pero algunos resultados son alentadores. La idea es evitar que la parte motora del cerebro se vuelva loca mientras la parte pensante sigue dormida.
El caso mexicano
En México no hay estadísticas oficiales recientes. Lo que sí hay es mucha gente que lo padece sin saberlo o que no dice nada por miedo a que lo tomen por loco. Según el Instituto Nacional de Psiquiatría, los adultos con sonambulismo están subdiagnosticados. El IMSS dice que las consultas por trastornos del sueño han subido un 30% en la última década. Estrés, pantallas, trabajos de mierda, insomnio. ¿Qué esperaban?
Instituciones como el INER o el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición están probando terapias no invasivas, como la estimulación transcraneal. ¿Resultados? Todavía experimentales. Pero ahí va la ciencia, dándose de topes con un cerebro que nunca deja de sorprender.
El sueño como campo de batalla
Mientras el mundo insiste en que dormir es descanso, el sonambulismo recuerda que también puede ser campo minado. Entre la vigilia y el abismo hay una línea tan delgada como una pestaña. Y a veces el cuerpo la cruza sin pedir permiso.
El sueño, ese refugio que debería ser sagrado, puede volverse un teatro de movimientos automáticos, de escenas sin guión. El sonambulismo no es solo una rareza médica. Es un recordatorio: no todo lo que hacemos, lo hacemos conscientes. A veces vivimos —y caminamos— en piloto automático, hasta que algo nos despierta. O nos derriba.
Y cuando eso pasa, ya no se trata solo de dormir mejor. Se trata de entender, aunque sea un poco, el caos que llevamos dentro.

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