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Jugaron como nunca y perdieron como siempre

 

 

Jugaron como nunca y perdieron como siempre
Crónica de Rodolfo Herrera Charolet

En la noche del 5 de julio de 2026, una tormenta eléctrica había retrasado el comienzo del partido como si el cielo mismo quisiera conceder un instante más de espera a un país que llevaba décadas soñando en voz alta. El Estadio Azteca, ese coloso de concreto y memoria donde el aire se adelgaza a dos mil doscientos metros de altura, se alzaba bajo luces que parecían velas en una catedral demasiado grande. Ochenta mil almas —o las que cupieron— habían llenado las gradas desde temprano. 

Afuera, en la Avenida Reforma, pantallas gigantes proyectaban el mismo sueño y la misma incertidumbre. México, coanfitrión del Mundial, llegaba invicto a los octavos de final: cuatro victorias, ocho goles a favor, cero en contra. Habían vencido a Ecuador con la serenidad de quien empieza a creer que tal vez esta vez las cosas sean distintas.

Javier Aguirre, el viejo estratega que había rehecho al equipo desde la adversidad, caminaba por la banda con esa mirada que ya no se asombra fácilmente. Sus jugadores —Julián Quiñones con su cuarto gol del torneo ya en el alma, Raúl Jiménez aún cargando la experiencia de mil batallas, los jóvenes que soñaban con Europa— entraron al campo sabiendo que el Azteca, por primera vez en un Mundial, podía convertirse en escenario de una derrota en casa. Nunca antes México había perdido un partido de Copa del Mundo en ese estadio. 

El partido comenzó con la lentitud precisa de quien sabe que el tiempo es un lujo caro. México tocaba con paciencia, creaba ocasiones claras. Raúl Jiménez disparó fuerte al 15' y Jordan Pickford, el portero inglés, desvió con los reflejos de quien intuye el peligro antes de que se materialice. Pero el fútbol, como la vida, tiene sus instantes de cruel precisión. En noventa y ocho segundos fatídicos —del minuto 36 al 38—, Jude Bellingham, ese inglés de pasos medidos y mirada tranquila, rompió el equilibrio. Primero un cabezazo tras centro de Bukayo Saka; dos minutos después, otro gol nacido de una desconcentración mexicana, de ese instante sutil en que todo se inclina. 

El Azteca enmudeció por un segundo que pareció eterno. Luego reaccionó México como reacciona quien aún guarda fuego en el pecho: cuatro minutos después, Julián Quiñones descontó. El 2-1 devolvió el pulso a las gradas. El partido se convirtió en eso que los cronistas llaman “festival”: fricción, dominio mexicano de la posesión, dieciocho tiros (seis o siete a puerta) contra los pocos y letales de Inglaterra. En el segundo tiempo, la expulsión de Jarell Quansah —tras revisión del VAR por falta alta sobre Jesús Gallardo— dejó a Inglaterra con diez hombres. Parecía el momento. México presionaba, buscaba los espacios. Pero Harry Kane, desde el punto penal, marcó el 3-1. Raúl Jiménez respondió con otro penalti y el 3-2. Quedaban once minutos de descuento, un vendaval de ataques, un córner que rozó el milagro, una pelota que besó el poste o fue salvada en la línea por centímetros imperceptibles. El silbato final llegó de todos modos.

“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, murmuró Sebastián Llapur al salir por Reforma, mientras la espuma seguía volando y alguien, con la voz entrecortada, entonaba Cielito Lindo. Aguirre, con la voz quebrada por la emoción que no se permite del todo, dijo después: “Esto son las grandes ligas y no te puedes equivocar, porque te condenan”. Y añadió, con esa dignidad antigua de quien ya ha visto muchas derrotas: “Me da pena por la gente, pero mis jugadores pueden estar tranquilos porque hicieron lo que pudieron contra un gran equipo”. Uno de sus futbolistas, Eric Lira, resumió lo que muchos sentían: “Plantamos una semilla”. 

Aguirre dejaría el cargo; Rafa Márquez tomaría el relevo en una transición ya prevista. En la quietud que siguió al estruendo —esa quietud que el poeta de otros tiempos habría descrito como el momento en que la bruma se posa sobre el lago sin hacer ruido—, los jugadores salieron con la frente alta. Algunos con lágrimas que no buscaban consuelo, solo reconocimiento. Guillermo Ochoa, en su sexta Copa del Mundo, se despedía. Bellingham, autor del doblete y figura del partido, intercambió camiseta con el joven Gilberto Mora. Inglaterra avanzaba a cuartos de final contra Noruega. México, por enésima vez, se quedaba en octavos.

Pero algo distinto flotaba en el aire del Azteca esa noche. No era solo la resignación de siempre. Era el reconocimiento de que habían jugado con honor, con idea, con el corazón entero. Habían hecho soñar a un país entero durante semanas. Habían sido, por fin, un equipo que no se achicó ante el favorito. La crónica se repetía, sí —“jugaron como nunca y perdieron como siempre”—, pero esta vez con una sutileza nueva: la semilla estaba plantada, el orgullo intacto, y la noche mexicana, aunque triste, conservaba esa belleza callada de los esfuerzos que, aunque no alcancen la meta, iluminan el camino.

Fuera del estadio, la gente seguía cantando. Adentro, las luces se apagaban poco a poco. Y en algún rincón de la memoria colectiva, el sueño no se extinguía del todo. Solo se posaba, como la bruma, esperando otra mañana.

¿O no lo cree usted?
domingo 5 de julio de 2026




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