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La resurrección del tren fantasma

 


La resurrección del tren fantasma

José Herrera / ePrensa
Puebla, 10 de mayo de 2025

Como un espectro que se niega a morir, el viejo Tren Turístico que alguna vez unió a Puebla con Cholula —ese monumento al derroche, a la simulación, al delirio tecnocrático— amenaza con regresar. Esta vez no solo con un trayecto resucitado, sino con nuevas alas: Atlixco e Izúcar de Matamoros se suman a la ruta del olvido.

El anuncio llegó en silencio, camuflado entre las páginas secas del Plan Estatal de Desarrollo 2024-2030. Un documento publicado en el Periódico Oficial del Estado como quien esconde una bomba en un paquete de papas fritas. Lo llamó el Proyecto Transformador número 23, y su propósito —dice— es “incrementar la actividad turística en el estado”, mover gente, mover mercancías, mover lo que sea, menos la conciencia.

Pero el proyecto huele a cadáver. A esa vieja inversión de mil 574 millones de pesos que el panista Rafael Moreno Valle construyó con la soberbia del faraón, flanqueado por Enrique Peña Nieto. Un tren con nombre de postal y rendimiento de elefante blanco, que funcionó cinco años entre el Mercado de Sabores y la Gran Pirámide de Cholula, y terminó por morirse de inanición: 68 millones de pesos al año para mover a cien mil pasajeros que apenas dejaron un millón en taquilla.

“Cada pasajero le cuesta al estado mil 500 pesos”, diría años después Miguel Barbosa con esa voz de lápida que tenía, poco antes de apagar el motor para siempre, el último día de 2022.

Y sin embargo, el tren vuelve. Como vuelven los malos hábitos, los viejos amores y las promesas políticas disfrazadas de modernidad. Vuelve sin estudios, sin derecho de vía definido entre Cholula e Izúcar, sin respuesta clara si esta vez habrá doble vía o si, como antes, se tirará concreto sobre huesos, sobre ejidos y sobre historia.

El tren del gobernador

Alejandro Armenta quiere su legado. Todo gobernador lo quiere. Algunos construyen universidades, otros cárceles. Él quiere trenes. Aunque el anterior haya terminado chatarra. Aunque los vagones que se compraron ahora corran por el Istmo de Tehuantepec, vendidos por el gobierno de Sergio Salomón Céspedes al Tren Interoceánico. Aunque no haya un solo dato técnico que respalde el capricho ferroviario.

Pero este es un sexenio de símbolos. Y nada dice “progreso” como un tren brillante en la llanura poblana. Nada seduce tanto al turista, al inversionista y al electorado como el silbato de una locomotora pintada de promesas. Lo que no se dice es quién pagará el boleto esta vez.

Atlixco y la eterna postal

La ruta hacia Atlixco tiene lógica comercial. Es un pueblo mágico, un invernadero eterno de flores y bodas. Pero convertirlo en estación de tren no es sencillo. Requiere negociaciones con Ferrosur, con comunidades, con Dios y con los diablos de la burocracia. Lo mismo Izúcar, la tierra calurosa que vive entre la memoria del sismo y el olvido presupuestal.

Y aún más oscuro es el hecho de que no hay estudio técnico público. No hay licitación. No hay trazos. Solo el enunciado en papel oficial. “Promover el desarrollo económico de las regiones”, como si las palabras generaran vías férreas por arte de magia.

Infraestructura para la foto

Este tren no camina solo. Lo acompaña un paquete de obras con nombres de PowerPoint: el Distribuidor Vial Hermanos Serdán (de ubicación misteriosa), la modernización de estaciones del tren México-Puebla-Veracruz (que depende del humor de la federación), una red de ciclovías (que bien podrían ser un puñado de banquetas pintadas), y el eterno Ecoparque Malintzi, esa utopía ambiental que nadie puede encontrar en el mapa.

Y mientras se promete “movilidad”, el transporte público muere en los asientos rotos del RUTA. Mientras se habla de “turismo estratégico”, los pueblos en la ruta del tren —Huejotzingo, San Juan Tianguismanalco, Tochimilco— sobreviven con calles rotas, mercados vacíos y un calor de plomo.

El tren y la fe

Al final, el regreso del Tren Turístico es una apuesta. No por la economía. No por la movilidad. Por la fe. La fe en que nadie recuerde que este proyecto ya fracasó. Que nadie pregunte por los vagones vendidos. Que nadie calcule cuántos hospitales, escuelas o centros de salud podrían construirse con esos millones.

El tren vuelve. Pero no es progreso lo que arrastra. Es una larga fila de errores, de nombres tatuados en placas de inauguración y muertos en los pasillos del erario. Es la nostalgia del poder encarrilado hacia la gloria.

Es, otra vez, un tren hacia ninguna parte.

No obstante, aún se desconocen detalles sobre el derecho de vía que se utilizará, principalmente de Cholula a Izúcar de Matamoros, así como si se construirá una vía doble, a diferencia del proyecto original.

Una familia cholulteca tiembla, se pregunta: ¿Vendemos? ¿Rentamos? ¿Nos expropian? La incertidumbre sacude los cimientos de una casa de adobe que ha resistido generaciones. Mientras tanto, en cabildo, el regidor Carranco levanta el dedo. Más le vale tener aliados. No dice ni pío, pero su silencio pesa tanto como su voto.

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