La nave no voló. Reventó.
Carlos Charis
Una de esas bestias de acero que prometen llevarnos a Marte —quizá a la gloria, quizá al olvido— explotó la noche del miércoles 18 de junio en Starbase, Texas. Se trataba de “Starship 36”, un prototipo de SpaceX, la juguetería cósmica de Elon Musk.
Era solo una prueba. Una estática. La nave ni siquiera despegó.
Estaba atada al brazo de lanzamiento cuando, de pronto, la luz blanca lo cubrió todo. Luego vino la explosión. No hubo heridos, dijeron las autoridades del condado de Cameron. Y eso, al menos, es algo.
El video circuló rápido. Un fogonazo, un estruendo, y luego la calma artificial que sigue al desastre. Como si el cohete supiera que no era su momento de volar, pero sí de fallar. Y falló a lo grande.
SpaceX, con su voz robótica de siempre, habló de una “anomalía mayor”.
No era un vuelo. Era ensayo. Y la zona estaba controlada, dijeron.
Todo el personal, a salvo. El sistema, contenido. La narrativa, bajo control.
No hay aún una causa. Pero sí una promesa: investigar, corregir, seguir intentando. Porque el futuro no se construye sin explosiones.
O eso quieren que creamos.
0 Comentarios