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SOAPAP 2000-2005

 Gestión del Lic. Francisco Eduardo Castillo Montemayor al frente del SOAPAP (aproximadamente 2000-2005, con énfasis en 2002-2004)


Durante la administración del Lic. Francisco Eduardo Castillo Montemayor como director general del Sistema Operador de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado del Municipio de Puebla (SOAPAP), el organismo funcionaba aún como prestador público directo de los servicios de captación, potabilización, distribución y saneamiento en un contexto de expansión urbana acelerada y descontrolada en la zona metropolitana de Puebla, que elevaba drásticamente la demanda de agua potable mientras las redes de distribución envejecían y las plantas tratadoras enfrentaban sobrecargas constantes. 
Castillo Montemayor, quien firmaba documentos oficiales como director general al menos hasta noviembre de 2002 según publicaciones en el Diario Oficial de la Federación, heredó una situación financiera ya tensionada por deudas contraídas en los años 90 para financiar obras de ampliación de la red de alcantarillado, construcción de pozos profundos y saneamiento ambiental. Los adeudos principales se centraban en créditos de corto y mediano plazo con bancos de desarrollo como Banobras y proveedores de equipo hidráulico, estimados en cientos de millones de pesos acumulados; aunque las cifras exactas de nuevos pasivos contraídos entre 2002 y 2005 no siempre se desglosaban con detalle en las cuentas públicas de la época debido a la limitada transparencia, se sabe que en agosto de 2003 se contrató un crédito significativo por 739 millones 165 mil pesos con Banco del Bajío, avalado por la LVI Legislatura del Congreso del Estado, con el objetivo explícito de refinanciar deudas previas con Banobras y destinar recursos a la conservación de plantas tratadoras clave como El Conde, San Francisco (en Angelópolis), Atoyac Sur y Alseseca Sur; este financiamiento, pactado a 15 años y con afectación de recursos federales, convirtió parte de la deuda en obligación pública y contribuyó al crecimiento exponencial de los pasivos del organismo, que pasarían de decenas de millones a cientos y, posteriormente, a miles de millones en la siguiente década.
Los recursos se destinaron prioritariamente a la rehabilitación de la planta tratadora de aguas residuales San Francisco, la construcción de colectores interceptores en el río Atoyac, la perforación de nuevos pozos profundos y la expansión de cobertura en colonias populares como La Resurrección y San Miguel, con el propósito de elevar la cobertura de agua potable del aproximado 70% al 80% en zonas de alta marginalidad; sin embargo, informes posteriores de auditorías y comparecencias legislativas, así como estudios académicos sobre la gestión del agua en Puebla entre 1984 y 2010, revelaron que una porción importante de estos fondos también se dirigió al pago de nómina inflada, mantenimiento correctivo de emergencia y servicio de deuda existente, sin amortizaciones significativas del capital principal. 
Las cuentas públicas de los ejercicios 2002, 2003 y 2004 bajo su dirección fueron aprobadas por la Auditoría Superior del Estado de Puebla sin observaciones graves reportadas en los resúmenes disponibles, pero análisis retrospectivos detectaron deficiencias como una recaudación tarifaria consistentemente inferior al 60%, déficits operativos recurrentes y posibles irregularidades en la adjudicación de contratos que no fueron sancionadas en su momento. 
Esto generó un legado de pasivos heredados sin un plan integral de recuperación financiera, priorizando la continuidad operativa sobre la sanidad a largo plazo en una ciudad en plena transición demográfica y bajo el impulso de la “cultura del agua” promovida por la Comisión Nacional del Agua (Conagua).
En el plano social y operativo, la gestión coincidió con críticas ciudadanas frecuentes por cortes intermitentes de suministro especialmente en temporada seca, cobros elevados que no se tradujeron en mejoras visibles en la calidad ni continuidad del servicio, y una percepción generalizada de ineficiencia administrativa y financiera; aunque no se registraron escándalos mayores de corrupción en la prensa de la época específicos a este periodo (a diferencia de acusaciones posteriores contra exdirectores del SOAPAP por montos millonarios en otras gestiones, que en su caso derivaron en procesos judiciales resueltos sin acción penal), las deficiencias operativas alimentaron descontento vecinal y demandas por mayor transparencia. 
Como respuesta, bajo su dirección se impulsó desde 2002 la creación e integración de las Organizaciones Ciudadanas para el Cuidado del Agua (OCCA’s), comités vecinales en colonias y fraccionamientos (que llegarían a cerca de 900 en 623 colonias hacia 2008) asesorados por promotores de vinculación social del SOAPAP, con el doble propósito de fomentar el ahorro y uso racional del agua y canalizar demandas de servicios y obras para contener protestas y mejorar la atención ciudadana. 
La LV/LVI Legislatura del H. Congreso del Estado autorizó la reestructuración y rescate financiero del organismo, pero el enfoque operativo predominante dejó una infraestructura básica ampliada (redes, pozos y plantas rehabilitadas) que, sin embargo, no resolvió los problemas estructurales de endeudamiento ni de eficiencia, contribuyendo al deterioro financiero que enfrentaron administraciones posteriores y que, según reportes periodísticos y académicos, se agravaría con refinanciamientos posteriores hasta superar los 2,000 millones de pesos en pasivos. 
Su salida del cargo alrededor de 2005 marcó el fin de una etapa de gestión pública directa caracterizada por esfuerzos de expansión en un marco de restricciones presupuestales y crecientes presiones urbanas, sin que las auditorías de la época detectaran irregularidades graves, aunque estudios posteriores destacaron la ausencia de un esquema sostenible de ingresos y control de costos.Información de PRENSA  El Juez Sexto de lo Penal exoneró a Francisco Castillo Montemayor del delito de peculado por falta de pruebas suficientes. La Fiscalía General del Estado de Puebla no logró acreditar el supuesto desvío de más de 39 millones de pesos que se le imputaba al exsecretario de Medio Ambiente del gobierno de Mario Marín Torres (2005-2011), correspondiente a recursos manejados en el año 2008. Tras más de un año de proceso judicial, el impartidor de justicia determinó que no existía una debida acreditación del cuerpo del delito ni responsabilidad penal, por lo que otorgó la libertad absoluta al exfuncionario.

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